La sustancia.

Ay la sustancia… película desagradable donde las haya, desastre ético y estético de proporciones cinematográficas. Y no porque le falten hechuras de buena película de ciencia ficción, que las tiene, ni tan siquiera porque sea una mala película, que no lo es, simplemente porque es desagradable, literalmente, de ver (a no ser que te resulte atractivo, por ejemplo, que te metan en la boca de Dennis Quaid mientras se come una gamba) y es un desastre ético porque enaltece lo peor del ser humano y estético porque acaba monstruosamente.

Y aun a pesar de todo estoy aquí, en mi blog, incitándoos a ver la película (bajo vuestra propia responsabilidad, eh! las quejas posteriores al maestro armero); y es que hay algunos aspectos de la película que tienen, al menos para mi, cierto interés, en cierto modo porque es una versión moderna de El Retrato de Dorian Grey aunque sin la elegancia, belleza y sofisticación que envuelve todo lo que hacía Oscar Wilde (y al propio Oscar Wilde). Pero vayamos al lío ¿a qué aspectos me refiero?.

Si bien es cierto que se habla mucho de esta película como una crítica al hedonismo, no lo es menos que ese culto a la belleza eterna se dibuja entorno a la edad: ‘a los 50 se acabó‘ le dice Quaid, el de la gamba (que no me quitaré ya de la cabeza esa imagen jamás…) a una Demi Moore escultural y bella. ¿Qué se acabó? pregunta ella pero no hay respuesta.

La película empieza con el culto al cuerpo, la belleza y la eterna juventud representado por Demi Moore (hedonismo), continúa con el edadismo y el machismo representados por Denis Quaid (antes, después y durante su degustación de gambas), avanza desvelando la debilidad emocional y mental de los hedonistas frente a los edadistas y termina como tenía que terminar… porque, ciertamente, para ese viaje no hacían falta alforjas (no os daré detalles porque, aunque os estoy advirtiendo que es una película desagradable de ver, cabe que os castiguéis ‘disfrutándola’; no seré yo quien os la destripe, dejo esos alardes científicos al director de la cosa).

A pesar de todas las escenas desagradables que hicieron que metiera la cabeza bajo la manta del sofá en no pocas ocasiones (tampoco os asustéis más de la cuenta, tuve que ver el Silencio de los Corderos dos veces porque la primera vez me la pasé escondiéndome en la butaca por si acaso…) no es eso, excepción hecha del momento gamba, lo que me quedo de la película: lo que me rebota en la cabeza y me va a resultar difícil olvidar es el momento: a los 50 se acaba todo…

Que no, que no, me diréis… que eso es porque la Moore era una Eva Nasarre moderna y ya con 50 (en realidad tiene 60 pero parece que tiene 40) no ha lugar, que eso es algo que solo les pasa a las guapas o solo a las estrellas de cine y televisión… ¿habéis probado a buscar trabajo cumplidos los 50? Espero que no haya muchos Dennis Quaid gritones y comegambas en el mundo real, lo que sí os puedo asegurar es que el edadismo no es un mito y que ‘a los 50 se acaba todo’ lo piensan demasiados y demasiadas…

Ahora bien, también os digo lo que decía George Eliot: Nunca es demasiado tarde para ser quien debiste haber sido (y esto es así porque la sustancia, la auténtica sustancia, eres tú, así que Dennis, querido… vete tú a comer gambas a otra parte porque, claramente, eres tú el que necesita encontrar una mejor versión de sí mismo…).

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