A veces nos dejamos llevar, caminamos senderos abiertos por otros, seguimos rutas perfectamente señalizadas… pero otras veces no podemos, no queremos o incluso no debemos hacerlo; son los momentos de la duda y la lucidez, de la toma de decisiones, de la asunción de responsabilidad, de la madurez. Porque sembrar en terreno arado es lo fácil, preparar el terreno para la siembra es otra cosa.
Por eso me gustó tanto tropezarme con la entrevista que Gonzalo Altozano le hizo al psicólogo Ramón Oria de Rueda, porque habló de la obligación de los padres de frustrar a nuestros hijos… Dicho así suena incluso feo pero, si ampliamos un poco el concepto, se entiende mejor: nuestros hijos tienen por una parte derecho a la verdad (criarlos en una burbuja que los aleja de la realidad y por tanto de la verdad, no es un error, es una indecencia) y por otra parte tienen también derecho a que los preparemos para vivir su vida plenamente, para afrontar la realidad que les toque. Y para cumplir con esos derechos que no son más que el resumen de uno (el derecho a la educación) llega un momento en el que no queda otra, hay que frustrarlos… No de forma forzada ni falsa sino, simplemente, acompañándolos en sus primeros acercamientos a la realidad.
Contaba en Maleducados que ese trabajo en algunos casos es la vida la que nos obliga a hacerlo, por mucho que nos empeñemos en sobreproteger a nuestros hijos hay cosas de las que no se puede huir: cuando un niño pierde a uno de sus padres, cuando es el propio niño el que enferma gravemente… cuando a los niños les ocurren esas cosas que algunos se empeñan en definir como ‘cosas que no son de niños’, nos vemos obligados como padres a aceptar que no hay una vida para niños y otra para adultos, que la vida es la misma para todos y que la única diferencia la ponemos, precisamente, los padres, acompañando, protegiendo (que no sobreprotegiendo) y educando a nuestros hijos, preparándolos para que puedan vivir plenamente su vida adulta.
Debo reconocer que escuchar a Ramón para mi tiene algo de resarcimiento ¿por qué? Porque a mi me tocó uno de esos momentos en los que sabes que no puedes poner paños calientes y, cosas de los tiempos en que vivimos, me sentí muy sola y remando contracorriente, suelo decir que me importó un bledo ir por libre, que al fin y al cabo soy un poco así, a mi aire… pero escuchando a Ramón reconozco que en eso sí hay algo de engaño porque sino no recordaría algunas de las lindezas que tuve que escuchar.
¿De qué carajo estoy hablando? Del vuelco vital que supuso el diagnóstico de Diabetes Tipo 1 de mi hijo. Tuve que escuchar entonces que no me tenía que preocupar, que la diabetes no es lo que era, que ahora se vive muy bien con ella, que mi hijo tenía que hacer vida normal. Eso así, para empezar. Aquel empeño en que no pasaba nada, que su diabetes era un asunto menor, a mi no me cabía en la cabeza, llegué a pesar si estaría dando demasiada importancia a ese revés de salud… pero cuando vi que para darnos el alta en el hospital no bastaba con que hubiesen estabilizado los niveles de glucemia de mi hijo sino que su padre y yo teníamos que hacer un cursillo acelerado acerca del cálculo de ratios de insulina y de nutrición y comprometernos (el diagnóstico nos pilló de vacaciones, fuera de casa) a buscar un endocrino en cuanto llegásemos a Madrid además que seguir, hasta que tuviésemos endocrino en Madrid y nos diese las pautas que considerara, la rutina de los controles glucémicos antes de cada comida, dos horas después de cada comida, a media mañana, a las 12 de la noche, a las 3 de la mañana y a las 6 de la mañana… me di cuenta de que lo de hacer vida normal debía ser una metáfora de algo…
Reconozco que tuve suerte porque la enfermera de educación diabetológica de mi hijo me dio el consejo básico y esencial para afrontar todo esto: date un año, céntrate en aprender acerca de la diabetes y cómo gestionarla y si pasado un año sigues así, hablamos ya de otras cosas. No hubo que hablar de otras cosas, ni siquiera hizo falta el año entero para empezásemos a ver la luz y entender la metáfora de la vida normal.
Hace casi 7 años de eso y mi hijo hoy hace vida normal. Hoy. Casi 7 años después. Durante ese periodo de tiempo ha pasado de todo: primero no hacía vida normal, íbamos aprendiendo juntos a vivir con diabetes; después su padre y yo conseguíamos que hiciera vida normal con la guía, pauta y consejo de su enfermera de educación diabetológica y el apoyo del colegio en general y de la enfermera escolar en particular; y después, poco a poco, él ha ido asumiendo cada vez mayor responsabilidad sobre la gestión de su diabetes, siendo cada vez más independiente. Ahora hace vida normal, sí, porque gestiona bien su diabetes, porque sabe gestionar bien su diabetes… pero el proceso de aprendizaje ha sido largo, duro y con momentos realmente complejos (algún ingreso hospitalario incluido porque eso de que la diabetes no es lo que era es una filfa más: es lo que siempre ha sido, una hipoglucemia servera pone en riesgo la vida y una hiperglucemia grave te puede llevar a un coma diabético; algo tan tonto como una gastroenteritis con exceso de vomitonas te lleva directo al hospital porque sin la posibilidad de ingerir alimento la glucemia se puede ir al suelo sin que puedas hacer nada o al cielo por la infección y que no sepas cuánta insulina más administrar por el temor a pasarte y provocar una hipoglucemia… Vida normal, te dicen, mientras tu ves que tienes que domar una bestia… porque eso y no otra cosa es aprender a gestionar una diabetes tipo 1).
Y a todo esto sumas la sabiduría popular (dicho esto con toda la ironía del mundo): que si eres demasiado preocupada, que no te angusties, que lo dejes vivir (¡que lo dejes vivir!)… eso me decían a mi, que no soy una persona especialmente nerviosa. Jamás respondí a nada de todo eso, siempre me callé las respuestas que muchos de aquellos comentarios merecían pero en mi cabeza todavía rebotan hoy: ¿que la diabetes no es lo que era? Porque la tiene mi hijo y no el tuyo ¿a qué sí? ¿Le pongo un lazo y te la llevas a casa? ¿a que no?; que lo dejes vivir, esa es exactamente la idea, que tenga una vida normal, tan larga y estupenda como la de tu hijo, que no llegue nunca a engrosar las listas de quienes esperan un trasplante de riñón o de los pacientes de retinopatía diabética (por poner un par de ejemplos de patologías asociadas a la diabetes) y para eso, para que su vida sea tan normal como la de cualquiera, hay que aprender muchas cosas y asimilar muchos hábitos saludables que tienen poco que ver con comer lo que quieren cuando quieren, no tener horarios ni rutinas… ¿con flexibilidad? Por supuesto, eso es la vida normal, orden como flexibilidad y capacidad de adaptación… pero para flexibilizar los hábitos primero tienen que existir y tenemos que saber cuáles son los márgenes en los que podemos jugar…
En fin… que sí, que en los últimos casi 7 años he sido la típica madre coñazo pero ahora, cuando me dicen ‘uy qué mal lo vas a pasar cuando se vaya tres días fuera‘ incluso me río por dentro porque en realidad mi única preocupación es asegurarme de que en su equipaje va todo lo que pueda necesitar y eso no difiere mucho de lo que hacen otros padres de adolescentes y es que sé que está preparado para hacer lo que quiera manteniendo su diabetes controlada. Pero para lograr eso ni hemos hecho ‘vida normal’ desde el minuto uno ni le hemos dicho que no pasa nada por tener diabetes porque pueden pasar cosas muy serias y él tiene que saberlo. Y lo sabe porque se lo hemos explicado llevándolo primero de la mano, caminando después a su lado, luego un paso por detrás… y ahora estamos ya en esa fase de ‘avisa si necesitas algo‘.
Curiosamente, después de escuchar a Ramón, tenía reunión en el instituto, reunión de 1º de Bachillerato (2º trimestre); una hora y media de reunión que se puede resumir así: un profesor explicando que hay muchos suspensos en física porque los niños (recalcó ‘niños de 16 años’ para que quedara claro que falta madurez, algo que por otra parte creo que pasa en general bastante en los niños a los que el encierro pandémico pilló al inicio de la adolescencia) no trabajan lo suficiente; y por otra parte unos padres exponiendo que el problema es de base, los ‘niños’ tienen poca base de física porque en 3º de la ESO se alinearon los planetas en su contra (una profesora de baja por enfermedad, un sustituto que no dura y se va, otro sustituto que no sabe por dónde le da el aire…). Hasta ahí yo estaba muy tranquila escuchando, dando por hecho que ambos, profesor y padres, tenían razón: los ‘niños’ no tienen todavía el hábito de estudio que ya están necesitando porque les falta un punto de madurez y por tanto de responsabilidad y en particular en física vienen con peor base de la que deberían. Eso es lo que hay, tampoco es que me parezca tan grave, vamos… madurarán y se pondrán al día ¿con esfuerzo y algún disgusto? pues sí, pero eso es madurar.
Hasta que oigo la palabra víctima… y negligencia. Los niños de 16 años son víctimas de una mala gestión por parte del colegio en 3º de la ESO respecto a la asignatura de física, ellos no tienen la culpa y el colegio tiene que poner una solución porque fue su negligencia. El profesor manejó bien la situación, entre otras cosas porque él sabe, y los padres sabemos, que es el mejor profesor de física del colegio, que es de hecho un gran profesor de física al que le avalan los resultados de sus alumnos en la Selectividad de toda la vida la llamen ahora como la llamen pero le reconozco el mérito de sacar la palabra negligencia de la ecuación (una cosa es una fatalidad y otra una negligencia…) y ponerse a sí mismo como solución por parte del colegio porque ya está trabajando con ‘los niños’ siendo consciente de su poca base; ahora bien, también nos recordó que hizo un pacto con ellos: ‘yo voy más despacio impartiendo materia para asegurarme de que me seguís, daros tiempo para trabajar lo que vamos dando y resolver dudas pero vosotros os comprometéis a trabajar física diariamente, al ritmo que vamos en clase’ cuando preguntó si pensábamos que los niños estaban cumpliendo su parte del trato se hizo un silencio administrativo…
Y en ese silencio yo recordaba eso que decía Ramón de que los padres tenemos que frustrar a nuestros hijos… entendiendo frustrar como ayudarles a afrontar la realidad, no endulzársela con algodón de azúcar: tienen mala base en física, es cierto, no es culpa suya el baile de profesores de 3º de la ESO ni que en 4º el que ya tuvieron tampoco fuera de lo mejor, es cierto. Pero ¿quién tiene mala base? ellos ¿quién necesita mejorar esa base? Ellos. Si ahora tienen un buen profesor de física que se presta además a resolver dudas incluso fuera de clase y que es su tutor ¿dónde está la pelota?. Si les llamamos víctimas les quitamos la responsabilidad, les facilitamos tirar balones fuera, justificamos su suspenso en física y su incapacidad para evitarlo…
De la responsabilidad y la culpa:
El error, creo, está en la palabra culpa frente a la palabra responsabilidad: los niños no tienen la culpa de su mala base pero sí la responsabilidad de mejorarla y asumir esa responsabilidad supone trabajar duro para ponerse al día y, cuando se les haga bola, pedir ayuda al profesor, al compañero que va viento en popa en física, al hermano mayor que sabe de eso, a los padres si ni así levanta cabeza y se plantea la necesidad de una clase de refuerzo… pero creo que a los padres de niños de 16 años nos toca decirles, dado que no tienen la madurez suficiente para darse cuenta por sí mismos, que nos importa poco de quién sea la culpa, que lo que pasó ya no tiene remedio y que la cuestión es cómo le ponemos solución, obligarles a pensar en la solución, llevarlos de la mano a la conclusión de que primero tienen que trabajar duro, después pedir ayuda… porque nosotros sabemos que si hacen eso el número de suspensos empezará a bajar, el nivel de la clase empezará a subir y el que ponga interés por subirse a la ola de la mejoría lo hará… que estamos en primero de Bachillerato, no en ingeniería aeronáutica.
Además, si hacemos eso, si hablamos más de responsabilidad y menos de culpa, estaremos soplando en las velas de esa madurez que les falta, les estaremos explicando, sin dar demasiado detalle ni soltar rollos de los que desconectan, algo tan sencillo como que la vida no es justa, que la vida es lo que pasa ahí fuera y que hay que lidiar con ello tanto cuando lo que pasa juega a tu favor como cuando juega en contra, que no vale echar balones fuera ni buscar culpables, que hay que echarle valor y asumir la responsabilidad sobre nuestra propia vida… aquello tan sencillo de que no eliges el campo en el que te toca jugar pero sí eliges cómo juegas, es decir, lo que no depende de ti merece mucha menos atención que lo que depende de ti…