Feliz Navidad.

Leo dejando escapar una media sonrisa a quienes descubren, a estas alturas de la historia, que somos lo que somos por lo que fuimos y que si negamos lo que fuimos igual dejamos de ser lo que somos… Parece un trabalenguas, lo sé, pero no lo es, es algo más bien sencillo: la cultura de un pueblo es su esencia, su ser, lo que es; así que cuando tratamos de definir y explicar lo que somos no estamos tanto hablando de nosotros mismos como de quienes nos precedieron, de la cultura que fueron creando y modulando y que hoy matizamos también nosotros. Y por eso, seas creyente, agnóstico, ateo o te des mus, tu tradición cultural es católica. Te guste o te disguste, eres hijo de Grecia, de Roma y del Dios de Israel.

Decía Chesterton que si borras la religión de la vida de los hombres, algo vendrá a ocupar su lugar y esos mismos que descubren ahora que somos lo que somos porque un un día fuimos lo que fuimos, se pasman también ante el modo en que la nada, el vacío más absoluto (que es en realidad un universo de dolor) fluye por un mundo que desprecia, cuando no niega u olvida, lo que fue; se asustan incluso al darse cuenta de que al proteger a sus hijos de la tradición católica que consideraban que los adoctrinaba y limitaba sus vidas, están quitándoles el suelo bajo sus pies, sus raíces… su cultura.

Por eso me llama también la atención que haya quienes sigan denostando la idea del catolicismo cultural y no crean que no he pensado en ello, que no me he obligado en más de una ocasión a darle una vuelta temiendo que podía estar cayendo en una más de las trampas en las que suelen caer los equidistantes exquisitos… pero no lo creo: creo que las cuestiones de fe son personales, íntimas incluso; por supuesto pueden compartirse, incluso vivirse en comunidad, faltaría más, pero la fe es una convicción personal e íntima, se tiene o no se tiene ¿se puede cultivar? La verdad es que no lo sé, dejo el trabajo de responder a esa pregunta a los teólogos, lo que sí sé, en cambio, de lo que no albergo duda alguna, es del valor de la cultura.

Claro que habría que ahondar un poco en qué es y qué no es la cultura, sin pretender entrar en esas cenagosas aguas aquí y ahora sí diré que las tradiciones forman parte de la cultura ¿no quieres cumplir con ellas? No lo hagas ¡Viva la libertad, carajo! que diría Milei… pero piénsalo bien… más que nada porque cabe que llegue el día en que las eches de menos ¿o acaso estás dispuesto a decirle a tus hijos que los reyes son los padres, Papá Noel un invento nórdico y la Casa Museo del Ratón Pérez un invento madrileño antes de que sepan hablar? Ya te digo yo que no.

Después de años de desprecio de la religión y de las tradiciones descubrimos ahora (¡a buenas horas!) que nuestra cultura se nos disuelve como un azucarillo en un café ¡nos queda el Quijote! ¡y Góngora y Quevedo! dirán los más intelectuales… y yo les pregunto cuánto se lee hoy a Cervantes, a Góngora y a Quevedo.

La tradición es el hilo que teje la cultura, puede cambiar de color, de grosor y de estilo pero ¿qué sucede si lo cortas? Nada. Aparentemente nada. Y ese nada es un todo inmenso porque la nada, como saben bien quienes han leído La Historia Interminable (o al menos visto la película) saben que la nada es el vacío y que el vacío deviene en dolor.

No seré yo quien diga que hay que cumplir las tradiciones religiosamente (soy la primera que se salta esa máxima…) pero ¿qué menos que respetarlas? Es decir ¿qué menos que respetar a quienes sí las cumplen? ¿qué menos que explicárselas a nuestros hijos como acercamiento a la cultura que los parió?.

¿No quieres rezar? No reces ¿No quieres ir a Misa? No vayas ¿No quieres montar el Belén? No lo hagas… Pero no saber lo que se celebra en estos días y no compartir ese saber con tus hijos, además de despreciar a quienes tienen algo que celebrar y lo celebran, no es ateísmo ni agnosticismo, no es revolucionario, es pura y simple ignorancia, incultura.

Reconozco que juego con cierta ventaja, hace mucho tiempo que descubrí que en esto de la tradición y la fe la lúcida era mi abuela que tenía fe en Dios, mucha por cierto… pero muy poca en la iglesia (vaya usted a saber por qué… pero así era); ella no ponía árbol de Navidad ni montaba Belén alguno… lo que sí hacía era poner la mesa con un mantel en el que había bordado a punto de cruz unas grandes campanas de Navidad con su muérdago y sus cerezas rojas; en cierto modo se inventó su propia tradición y la cumplía religiosamente… Mi abuela no había leído a Chesterton pero actuó como si lo hubiera hecho, antes de que la nada viniera a ocupar el lugar del Belén y el árbol de Navidad que no ponía, ella puso un mantel sobre una mesa a la que se sentaban, en un momento u otro de la Navidad, todos sus hijos y nietos, su familia.

Las tradiciones no están para cumplirlas… pero existen por alguna razón, tanto si están ligadas a lo religioso como si no es así, despreciarlas sin más, por antiguas, por feas, porque no nos gustan o porque hemos decidido ser ateos, agnósticos o darnos mus, es arriesgado, la nada acecha… ¿que no quieres montar el Belén? Pon un mantel… pero cierra la puerta a la nada, al vacío, al dolor…

Feliz Navidad.

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La columna de la que nace esta reflexión es una publicada por Ana Iris Simón en El País y compartida por Cristian Campos, entre otros, en X; la puedes leer en este enlace:
https://x.com/crpandemonium/status/1870771713270538290

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