Yo lo que quiero es que mi hijo sea feliz.

Hay frases que definen el fracaso educativo y confusiones que lo aliñan para convertirlo en un trampantojo de tarta de chocolate que le sabe bien a demasiados; ¿de qué frases hablo? Hay una que es ya un clásico: yo lo que quiero es que mi hijo sea feliz; hay otra que también suena estupenda: yo lo que quiero es querer a mi hijo.

Si rebates estas dos frases, cosa que haré a continuación, lo más bonito que te llaman es antigua pero, qué quieren que les diga, ya me permití publicar un libro explicando que no estamos educando sino maleducando como para asustarme ahora por un ‘antigua’…

Yo lo que quiero es que mi hijo sea feliz

Yo también. Pero con más ambición. No me conformo con que mi hijo sea feliz de niño, quiero que lo sea hasta el día en que se muera. En este punto parece que la ilusa soy yo ¿a que sí? Pues no. Porque no se trata de un deseo sino de una certeza: como quiero que mi hijo tenga una vida feliz desde su infancia hasta su ancianidad, no dudo de mi obligación de proveerlo de una buena educación, la mejor que pueda, porque esa será la herramienta que le ayude a navegar por la vida con mayor solvencia y recursos, con más y mejores posibilidades de que le vaya bien, de que sepa gozar de lo bueno y lidiar con lo malo, aceptar lo inevitable sin frustrarse, trabajar por lo que quiera… y ser, por tanto, feliz.

Así que sí, los padres somos responsables de la felicidad de nuestros hijos pero no de su felicidad hoy sino siempre, no de una felicidad entendida como sonrisa fácil sino como sensación profunda, no podemos hipotecar su futuro por ahorrarnos una pataleta hoy.

Sinceramente, cuando oigo la frase ‘yo lo que quiero es que mi hijo sea feliz’ suelo recordar los concursos de guapas y aquel naif ‘la paz en el mundo’…

Yo lo que quiero es querer a mi hijo

Ah pues yo no, yo no quiero querer a mi hijo, yo lo quiero, sin más (y sin menos). Dicen quienes defienden que quieren querer a su hijo que es así porque ha habido generaciones anteriores a las que no se les permitió querer a sus hijos, como si fuera posible para alguien mandar en el corazón, los besos y los abrazos de otros.

De nuevo la responsabilidad de los padres. Los padres somos los responsables de la educación de nuestros hijos más allá del sistema educativo, de lo que digan los pedagogos, de las tendencias educativas, de las modas educativas, de si nos educaron a nosotros con mucho cariño o con mucha mano dura. Y más nos vale cuidarnos de pensar que la exigencia está reñida con el cariño. ‘Quien bien te quiere te hará llorar’ dicen… y no es que crea yo en la sabiduría popular pero sé algo: si quien más te quiere no dice la verdad aunque tú no quieras oírla… es que no te quiere.

También me han hablado últimamente de la importancia de la educación positiva, que tiene sus cosas, sí, pero que en un mundo tendente a la simplificación de lo complejo, educación positiva se traduce en el desprecio de la palabra ‘no’ en educación y eso es un error serio. A veces hay que decir no y sobre todo hay que saber cómo decir no; es verdad que no vale el ‘porque mando yo’ pero tampoco vale que como el niño no lo entiende por más que se lo explico meto el no en el congelador.

Miren como va ya nuestra ensalada educativa: niños muy queridos, a los que nunca se les dice que no ¿muy felices? más bien muy consentidos… y a los que se trata como adultos.

¿Ves una contradicción ahí? Le pasa a mucha gente pero no hay tal contradicción, lo que hay es una confusión: entendemos que sobreproteger a los hijos (que es lo que hacemos cuando nos limitamos a quererlos y mimarlos mucho y ocuparnos de que sean felices desde que se levantan hasta que se acuestan) es bueno porque es la antítesis de una educación dura del estilo de la que proporcionaba el Capitán Trap a sus hijos en Sonrisas y Lágrimas (educación casi militar); sobreproteger no es educar a los niños como si vivieran en un cuartel, eso sí es algo alejado de nuestra realidad, sobreprotegerlos es meterlos en una burbuja de mundo feliz que los aísla de la realidad.

¿Y por qué digo que los tratamos como adultos?

Porque, además de hacer que vivan en esa burbuja de mundo feliz, favorecemos que, dentro de ella, los niños puedan tomar decisiones sobre su vida, sin influencia ni interferencia de los padres, mucho antes de que estén preparados para ello: pueden ir al médico a partir de los 16 años sin que sus padres lo sepan, pueden abortar, también a partir de los 16, sin que los padres lo sepan, pueden decidir someterse a un proceso irreversible de cambio de sexo contra la voluntad de sus padres siendo todavía menores; también se defiende que los niños pueden mantener relaciones si quieren con quien quieran… Y eso hablando de decisiones muy serias y con un efecto brutal en sus vidas.

Hace unos días leía un artículo que decía que hay que dejar que los niños de 2 o 3 años elijan qué ropa ponerse cada día… Dejando a un lado el interés que pueda tener un niño de 2 años en la ropa que van a ponerle, me pregunto ¿con qué criterio se viste un niño de 2 o 3 años? ¿No tendríamos, antes de dejarle elegir su ropa, que enseñarle que no se viste uno igual para ir al parque que para ir al cine o qué colores combinan mejor o peor con otros? Dicho de otro modo ¿no tendríamos que educarlos antes de echarlos a la vida? Yo creo que sí porque, más pronto que tarde, a la vida que vamos a echarlos no va a ser la de la burbuja en la que los estamos criando sino el mundo real, un mundo real al que le importa un bledo si tu hijo es feliz o cuánto lo quieras querer.

Concluyo…

Tengo la sensación de que cada vez somos más los que pensamos que estamos sobreprotegiendo a los niños (la infancia en la burbuja…) pero me temo que también son cada vez más quienes creen que de esa sobreprotección se huye abdicando de nuestra responsabilidad como educadores, que entienden el daño que hace a los niños vivir sobreprotegidos y ajenos a la realidad pero que al tratar de evitarlo (evitar esa sobreprotección) caen en otro pozo no menos peligroso: no dan a los niños herramientas útiles para que, cuando superen la infancia, estén realmente preparados para la vida; eso, y no otra cosa, es educar.

No sé si me explico ni sé si se me entiende… pero hay algo de lo que sí estoy segura: quienes criando a sus hijos en una burbuja de mundo feliz han tenido que afrontar un momento en el que no tuvieron más alternativa que romper la puñetera burbuja, sí lo entienden… Ellos sí saben que de haber vivido más cerca de la realidad (protegidos, por supuesto, son niños… pero no sobreprotegidos) ese momento terrible hubiera sido duro pero no un trauma. ¿Pensáis que hablo de casos aislados? Pensad en los niños que afrontan divorcios complicados, la muerte de alguno de sus progenitores, un diagnóstico de una enfermedad grave, casos de bullying… Hay pedagogos que hablan de esos niños como ‘niños a los que les ha tocado vivir cosas que no son de niños‘ pero no es cierto, la vida no es una para niños y otra para adultos, la vida es la vida y no tiene un libro de estilo según el cuál hay cosas que no son de niños por eso sobreprotegerlos es dejarlos desnudos, es lanzarlos desnudos a vida más pronto que tarde porque, aunque logremos sortear esos hechos terribles y no nos toque ninguno, la vida siempre llega porque la vida es la realidad y por más cuentos que contemos a los niños (y hay que contarles muchos) de la realidad no se van a escapar, puede que no siempre sea más rápida pero sí más constante, siempre llega.

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