Conciliar o morir.

Ayer me crucé en X, antes Twitter, con Julio Llorente, iba él debatiéndose entre el espanto y el consuelo mientras decía ¡Menos mal que Luis Herrero puso un poco de sensatez! ¡qué desorientación!. Vi que compartía el enlace a una tertulia en la que se hablaba de conciliación… así que me guardé el enlace para cuando tuviera un rato, un rato que casi hubiera preferido no encontrar (esto me pasa por no haberle hecho caso a Julio, ya decía él que la tertulia estaba desorientada…).

Claro que tampoco cabe espantarse más de la cuenta, los debates acerca de la tan cacareada conciliación suelen ser amargos, nunca nos dejan satisfechos porque son debates que se plantean con trampas en su base, trampas popularmente aceptadas, y sobre un suelo tramposo (y por tanto pantanoso) no puede levantarse ninguna estructura sólida (menos aún tan sólida como la familia).

Lo primero que hay que tener claro es que quienes defienden ardorosamente que la conciliación es posible mienten con el mismo descaro que quienes defienden que no es posible, dicho de otro modo, quienes lo tienen claro y lo ven tan fácil o bien no saben de lo que hablan o limitan su opinión a su experiencia personal. La desorientación de quienes se creen tan bien orientados tiene su explicación, está en Chesterton y no hace falta leerse la Ortodoxia para llegar a ella, basta con hacerse con un librito titulado ‘Lo que está mal en el mundoy una caja de sales de frutas.

¿Por qué las sales de frutas? Porque en ese librito Chesterton se posiciona contra el sufragio femenino, un desvarío por su parte sin duda, impropio de una mente lúcida como la suya (cosa fácil de decir hoy, no tanto en su tiempo, probablemente), ahora bien: conviene evitar que los árboles de su oposición al sufragio femenino nos impidan ver el bosque de la conciliación, la familia, los hijos y la sociedad entera que lo lleva a llegar a tal decisión porque la desorientación general respecto a la conciliación está ahí.

Dice Chesterton que lo que está mal en el mundo, para empezar, es que no nos preguntamos qué está bien; resulta difícil negarle la razón: en todos los ámbitos de la vida andamos siempre detrás de lo que está mal para corregirlo y prestamos muy poca atención, o ninguna, a lo que está bien; Sir Ken Robinson, por ejemplo, decía que lo que está mal en la escuela es que solo se fija en lo que a los niños les cuesta para reforzarlo pero no en aquello que se les da bien… cuando resulta que eso que se les da bien es lo que podría darles más satisfacciones en la vida (y dar así ellos más satisfacción al mundo también); sucede lo mismo con la conciliación, hablamos de lo que está mal pero no nos preguntamos qué estaba bien antes. Me explico:

Cuando Chesterton justifica su no al sufragio femenino, y por ende a la incorporación de la mujer a la sociedad en clave de igualdad con el hombre, explica, precisamente, lo que aquel planteamiento social tenía de bueno y, dado que él consideraba que tenía mucho de bueno, toma la postura del conservador clásico: no lo cambies.

Afortunadamente en ese aspecto la sociedad tomó el camino del progreso y fue avanzando hasta poner a la mujer en pie de igualdad con el hombre lo cual estuvo muy bien… pero hubiera estado mejor si hubiésemos pensado antes (o a la vez) cómo preservar lo que estaba bien en el mundo y en la familia antes de acometer un proyecto que, por fuerza, iba a transformarla.

El problema que tenemos a la hora de conciliar no se explica tanto por la falta de medidas que favorezcan la conciliación como por los planteamientos errados respecto a la renuncia: la conciliación es imposible sin que alguien en la pareja renuncie… ¿Renuncie a qué? ¿A un desarrollo profesional más exigente? ¿A un mejor salario? Ya… pero ¿quién renuncia más? ¿quién renuncia a la maternidad / paternidad o quien renuncia a un mejor puesto de trabajo? ¿y qué es un mejor puesto de trabajo? ¿el mejor pagado? ¿el de título más largo? ¿el que nos satisface más?. Y luego llega el momento de mirar a la realidad de frente y descubrir que hay un porcentaje muy elevado de gente insatisfecha con su trabajo… ¿de verdad esas personas renuncian a la maternidad / paternidad por un trabajo que nos les satisface? Ya lo dudo…

La conciliación es posible, tiene que serlo, si la hacemos imposible lo que estaremos impidiendo es la vida; la cuestión es cómo la hacemos posible ¿a golpe de ley? No lo creo, creo, más bien, que será por convicción… si llegamos a recuperarla y es que hemos olvidado algo que también nos recuerda Chesterton en el librito joya ‘Lo que está mal en el mundo‘:

para los moderadamente pobres, el hogar es el único lugar de libertad. (…). Es el único sitio de la tierra en el que un hombre puede cambiar los planes de repente, hacer un experimento o permitirse un capricho. En cualquier otro lugar debe aceptar las estrictas normas de la tienda, taberna, club o museo a los que entra. En su propia casa puede comer en el suelo si quiere hacerlo. Yo a menudo lo hago; proporciona un sentimiento curioso, infantil, poético, de picnic. (…). Para un hombre corriente y trabajador, la casa no es el único lugar tranquilo en un mundo de aventura. Es el único lugar salvaje en un mundo de reglas y tareas establecidas’.

Si el hogar es el único lugar en el mundo en el que somos libres resulta que todos los demás lugares son contingentes y el único que ansiamos que sea permanente es el hogar, salvo que tengamos más de esclavos que de hombres libres; y ahí, en el hogar, es donde Chesterton quería que permanecieran encerradas las mujeres… ¡a la hoguera con él! ¡a mi la turba y la antorcha! pero antes escuchemos lo que decía al respecto de ese encierro:

Los bebés no necesitan que se les enseñe un oficio sino que se los introduzca en el mundo. Para resumir, la mujer suele estar encerrada en una casa con un ser humano en el momento en que este hace todas las preguntas que existen y algunas que no existen. (…) si alguien piensa que ese deber de educadora es en sí mismo demasiado exigente y opresivo, entenderé ese punto de vista. (…) Pero cuando la gente empieza a hablar de este deber doméstico como algo que no solo no es difícil sino que es trivial y monótono, yo simplemente ignoro la cuestión. Pues no alcanzo a concebir ni siquiera con el mayor de los esfuerzos de la imaginación lo que quieren decir.

¿Cómo puede ser una carrera importante enseñar a los niños la regla de tres y una carrera mezquina enseñar a los hijos el universo? ¿Cómo puede ser amplio resultar lo mismo para todos y ser estrechos resultar todo para alguien? No; la función de una mujer es laboriosa porque es gigantesca, no porque sea minuciosa. Compadeceré a la señora Jones por la gran envergadura de su tarea; nunca la compadeceré por su pequeñez.

Para mi ahí está la clave de la imposibilidad de la conciliación… hemos despreciado el hogar (siendo el único lugar del mundo en el que somos libres) y despreciado más aún a quien mantenía el hogar en pie (la mujer, madre y educadora… hasta le hemos puesto nombre despectivo: ¡maruja!). Además de llenarnos la mochila con ese descabellado desprecio hemos enaltecido no ya el trabajo fuera de casa sino a quien lo ejerce por encima de quien se ocupaba del hogar ¿cómo vamos a conciliar el desprecio con la gloria y no volvernos locos? ¡Imposible! Todos queremos la gloria…

Merece la pena pasar de puntillas sobre el empeño de Chesterton en meternos en casa y prestar atención a cómo veía él la importancia de la mujer en el mundo: la mujer era quien construía el único lugar en el que el hombre es libre, quien enseñaba a sus hijos el universo y los introducía en el mundo. Pues bien, cuando hablamos de conciliar de lo que hablamos no es de a qué hora entramos o salimos del trabajo, de si teletrabajamos los viernes o toda la semana, de si la baja maternal son 14 semanas o 24, de si cambias tú el pañal o yo preparo el biberón… de lo que hablamos es de cómo hacemos posible mantener ese lugar en el que somos libres y a través del que nuestros hijos conocen el mundo, el hogar, con un trabajo que paga las facturas (y que, a ser posible, nos satisfaga) porque, y esto no es un asunto menor, hoy en día que un progenitor se quede en casa para ocuparse del hogar ya no es una opción (los sueldos que pueden pagar una hipoteca y los gastos de una familia con hijos se cuentan con los dedos de una mano… y aun sobran) y eso hace que la conciliación no sea algo deseable, posible o imposible, es algo que no tenemos más remedio que lograr.

¿Y cómo lo haremos? Ya me gustaría poder responder a esa pregunta… No lo sé, lo que sí tengo claro es cuáles serán algunos de los ingredientes de la receta: tendremos que empezar a hablar de elecciones y dejar de hablar de renuncias (elijo ser madre, no renuncio a ser directora general), tendremos empezar a valorar el modo que la maternidad y la paternidad nos cambian, nos transforman, nos abocan a una vida ampliada (término de Pedro Herrero) y dejar de pensar que el título que reza en nuestra tarjeta de visita (director general) es el que da la medida de nuestro éxito en la vida; tendremos que respetarnos más como madres y padres para que la sociedad nos respete más como madres y padres, como gentes que aseguran el futuro y no como cargas para los hombres y mujeres que se dicen libres sólo por no tener hijos, porque nunca jamás los niños son cargas ni peso muerto ni equiparables a una mascota, son vida, son la vida; también tenemos que empezar a respetar más a los niños como lo que son: futuros hombres y mujeres libres. Eso así, para empezar…

Tal vez si avanzamos por ese camino, que no es más que el del respeto a algo tan importante como la maternidad y la paternidad, dejemos de justificar lo injustificable ¿a qué me refiero? A directivos que cuando un mando intermedio les dice ‘estoy embarazada‘ responden con un ‘¿y vas a seguir trabajando o te busco un puesto de maruja?‘. Nadie mejor que una mujer sabe lo que significa elegir ser madre, lo sabe incluso antes de tener al niño en brazos porque su cuerpo se lo va contando durante los 9 meses previos al primer llanto del bebé; y sí, hay renuncias, pero no por ser madre, hay renuncias porque siempre que se elige algo se renuncia a otras cosas, siempre, así que no merece la pena darle a la cosa tintes de drama porque es cualquier cosa menos un drama.

La cuestión es que de esa elección y sus consecuentes renuncias se deduce toda tu vida futura: tienes un hijo con 30 años, tu carrera profesional entra en cierta pausa, cabe que incluso optes por reducirte la jornada y pasar más tiempo con tu hijo… pasan digamos… ¿12 años? ¿14? Tú tienes 42 o 44, ya trabajas de nuevo a jornada completa, te faltan más de 20 para jubilarte y descubres que no hay forma ni manera de re-engancharte de verdad al mercado laboral; con suerte te soportan en la empresa en la que has trabajado siempre, envías CVs y no te llama ni tu madre porque ya estás mayor ¡y además con hijos!… Ahí, al menos según yo lo veo y lo he vivido, está lo peor del asunto porque ahí ya no eliges tú, eligen por ti y deciden que eres poco más o menos una carga laboral y tú, con cuarenta y tantos años, con experiencia de vida y experiencia laboral, con ganas de nuevos proyectos tras años trabajando con otras prioridades, sabiéndote más capaz y más capacitada de lo que estabas 15 años antes, ves que no hay oportunidades para ti, que se te cierran las puertas de antemano; esa absoluta falta de flexibilidad del mercado laboral es el gran problema de la conciliación y no, no creo que el problema sea el malvado capitalismo sino los malvados prejuicios y la falta de respeto hacia la importancia del hogar y de la labor educativa de los padres.

Y diré algo más… ¿y si la presión laboral sobre las madres y los padres nos hace tomar decisiones equivocadas? ¿y si el equilibrio entre los ingresos y los gastos se vuelve tan complicado que nos hace desequilibrar las cargas personales y profesionales? ¿Y si el empeño de algunos en pasar facturas impagables por la conciliación o el de otros por considerarla imposible deriva en que acabamos maleducando a los hijos para poder pagarles la Play y las zapatillas, el mes inmersión lingüística en Dublín y el Erasmus en Génova como si educar fuera eso? (pagar, pagar, pagar…).

Más nos vale tomarnos en serio el asunto de la conciliación, opino… porque los riesgos de maleducar son de temer (no ahondaré aquí en ellos porque llevo más de un año dándoos la brasa al respecto, incluso por libro pero sí diré algo: somos los padres los que tenemos la llave del futuro de nuestros hijos y, por ende, de la sociedad que ellos formarán, los padres, no los solteros de hotel adults only o de whiskas, satisfyer y lexatin, que diría Esperanza Ruiz).

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En este blog se viene hablando de conciliación desde hace ya unos cuantos años… aquí las pruebas: Conciliación.

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