Ya estamos en septiembre, en los días previos a la vuelta al cole y al instituto; los padres con más ganas que los niños y los profesores calentando motores y desempolvando mensajes. No cabe sorprenderse, la vuelta al cole, como la Navidad, es siempre igual y por eso, porque siempre hacemos lo mismo, los resultados vienen siendo, al menos de unos años a esta parte, los mismos: mediocres. Pero no voy a divagar acerca del estado de la educación, de ello hablé no largo pero sí tendido en un ensayo que se publicó hace ahora un año (Maleducados) sino que voy a bajar al detalle, al análisis de lo que decimos a los niños cuando llega la hora de la vuelta al cole y lo que deberíamos decirles más.
Empezaré por la frase más repetida de la historia (con y sin vuelta al cole): ¿Qué quieres ser de mayor? Es pecado venial si la pregunta se hace en los primeros años de Primaria o si quien la hace es alguien no relacionado directamente con la educación del niño pero capital si se repite en la ESO, especialmente si son los padres y profesores quienes la formulan ¿por qué? Porque ni tan siquiera los niños que dicen saber qué quieren ser de mayores lo saben así que se trata de una pregunta que no puede hacerse en serio porque, además, acalla otras preguntas mucho más interesantes que sí ayudan a los niños a descubrir lo que quieren ser de mayores: ¿qué se te da bien? (a niños de Primaria e incluso primeros cursos de la ESO) ¿qué tipo de trabajo te gustaría tener cuando seas mayor? (a chavales de la ESO y Bachillerato).
¿Te parece poco importante o sólo una cuestión de matices? No lo es: los niños no saben qué quieren ser de mayores y por eso siempre quieren ser lo que es mamá o lo que es papá, profesores porque los ven a diario, bomberos o policías porque les gustan los camiones o las sirenas de los coches patrulla… Ahora bien, cuando llegan a los últimos cursos de la ESO, no digamos ya en Bachillerato, tienen que responder a esa pregunta o, al menos, ir acotando el campo en el que quieren moverse y sucede que, cuando llega ese momento, están perdidos porque ni saben a qué pueden dedicarse (el mundo laboral futuro es incierto) ni a qué quieren dedicarse (no les gusta nada…); son múltiples y complejas las razones que explican ese no saber, esa desidia pero no me cabe la menor duda de que en el pack de razones está el hecho de que no les hemos hecho las preguntas correctas: con suerte saben lo que les gusta pero no necesariamente lo que se les da bien, porque no se trata de si se les dan mejor las matemáticas o la historia sino de para qué tienen facilidad, no es una cuestión de materias sino de cuestiones más concretas, cualitativas (tener buena visión espacial, alta capacidad de resolución de problemas…) ¿y por qué es esto importante? Porque existen muchas, muchísimas posibilidades, de que lo que se les de mejor se convierta en lo que más les guste (aunque solo sea porque es lo que les dará menos dolores de cabeza).
Y no, no hablo de competencias, nada más lejos de mi intención, hablo de para qué tiene un niño facilidad, que es algo que no nos solemos preguntar ni los padres ni los profesores porque estamos más que entretenidos preocupándonos y ocupándonos de aquello en lo que tienen dificultades; conviene aquí recordar a Sir Ken Robinson cuando decía que las personas felices son las que tienen éxito, entendiendo éxito como ser bueno en tu trabajo (no tener taitantos mil seguidores en insta…) y que las personas que tienen éxito son aquellas que se dedican a algo para lo que tienen cualidades, facilidad, no las que más han mejorado en aquello que se les da mal. ¿Que los niños tienen que adquirir un nivel mínimo en todas las materias? Sin duda ¿que tenemos que tener tan claro qué se les da mal para ayudarles como qué se les da bien para desarrollarlo? También.
Acabamos el curso en junio con la elección de optativas y opciones, especialmente en Bachillerato aunque también en los últimos cursos de la ESO y nos damos de bruces con dos consejos a cada cual más terrible: Elige lo que más te guste / Elige lo que te resulte más fácil.
Los errores que se sustentan sobre errores previos son doblemente graves y este par de consejos se basan, precisamente, en el un error previo: no haber preguntado, y ayudado a responder, a la pregunta qué se te da bien, para qué tienes facilidad; cuando esa pregunta tiene una respuesta vaga y llega el momento de elegir optativas u opción en Bachillerato recurrimos a la vía de lo fácil y lo cómodo: si no lo tienes claro coge algo que te guste y ya está o, a lo peor, no te compliques, coge algo que te resulte fácil que con las obligatorias ya tienes bastante.
Nos puede parecer que el sistema educativo les exige demasiado pronto tomar decisiones que, a la postre, resultan ser demasiado importantes pero si algo debemos tener claro es que, como padres, no elegimos el sistema educativo así que llorar por él y sobre él no solo no ayuda sino que nos aboca a la melancolía; ya que van a tener que decidir pronto, ayudémosles a estar preparados, averigüemos con ellos qué se les da bien, aliñémoslo con lo que más les gusta, lo que más les cuesta, descubramos a los niños como son, no como nosotros o el sistema educativo queremos que sean. Y pensemos en el futuro.
El principio de realidad tiene que formar parte de este mundo de preguntas y respuestas así que sí, el mercado importa… pero no, nunca, bajo ningún concepto, en Primaria; dicho de otro modo, las preguntas que debemos hacernos y hacerles a los niños en Primaria tienen que ir encaminadas a que se conozcan, a que descubran sus habilidades y debilidades y a que adquieran herramientas esenciales para el desarrollo de su proceso de aprendizaje como la comprensión lectora. Los niños de Primaria tienen que leer a diario, al principio porque acaban de aprender a leer y hay que reforzar ese aprendizaje y después porque hay que incrementar la comprensión lectora ¿hasta dónde? Hasta el infinito y más allá, mucha comprensión lectora es poca.
Volvamos al mercado porque en Secundaria empieza a importar y en Bachillerato importa mucho ¿por qué? Porque nadie te va a pagar por dedicarte a lo que te gusta, a lo que te dijo tu padre o a eso en lo que había plazas y pudiste entrar, te van a pagar por el valor que aportes, por lo bueno que seas en un trabajo que alguien necesita; por esa razón la demanda del mercado laboral debe formar parte del cóctel de información que los adolescentes manejen para ir tomando sus decisiones; de ahí que lo interesante no sea dar consejos vacíos de sentido que llevan a calles sin salida sino hacerles preguntas que les obliguen a indagar sobre sí mismos y sobre el mercado al que van: ¿qué tipo de trabajo te gustaría desarrollar? ¿sabes qué profesiones no tienen paro? ¿en qué ámbito te gustaría trabajar? Son preguntas que harán que más de uno suelte un ¡pero eso qué más da! u otro un farruco ‘a mi el mercado no me va a decir lo que tengo que hacer’; no te lo dirán, no, pero te pagará por lo que él necesite, no por lo que a ti te de la gana…
Puede parecer absurdo pero los chavales que tienen claras cosas como ‘me encantan los niños y la biología es mi fuerte ¿qué puedo hacer?’ o ‘tengo una visión espacial de escándalo y el dibujo se me da genial ¿para qué me sirve eso?’ o ‘buah, siempre que discutimos por algo gano yo, vamos, que siempre convenzo a los demás de que hagan lo que yo propongo, eso de algo me valdrá ¿no?’ son, aunque ni ellos mismos lo sepan, los que tienen mejor base para elegir bien porque estarán basando su decisión en algo que se les da bien y les gusta ¿qué les falta información? Por supuesto, pero imaginad cuánta les falta a quienes no tienen claro ni tan siquiera eso…
Pero no nos adentremos en los vericuetos universitarios, quedémonos en el colegio y el instituto: ¿cuántas veces le preguntamos a los niños qué han aprendido en la escuela? Pues es una pregunta interesante no tanto por lo que hayan aprendido en sí sino porque les obliga a reflexionar sobre ello, a darse cuenta de lo que han aprendido y nos permite a nosotros valorar su proceso de aprendizaje e ir descubriendo donde ponen la atención y dónde no, en qué van viento en popa y en qué no… e, insisto, no se trata de descubrir qué clases extraescolares necesitan sino de descubrirlos a ellos en sus cualidades y sí, el esfuerzo es una cualidad y la vagancia un defecto y sobre eso conviene trabajar desde que son bien pequeños. ¡Pásalo bien! les decimos en la puerta del cole y ¡pórtate bien! incluso… ¡aprende mucho! hay que decirlo más (y al salir preguntarles qué han aprendido).
Decimos que los niños tienen un problema de atención por culpa de las pantallas y cabe que sea cierto pero ¿somos conscientes del problema de atención que tenemos los padres respecto a la educación de nuestros hijos? Habrá quien se ofenda por que se formule esta pregunta pero solo porque solemos confundir atención con dedicación; también están los que considerar que educar es adoctrinar ¡viva el libre albedrío! y los que aceptan que el ritmo de la clase sea el de los alumnos de peor nivel porque no hay que dejar a nadie atrás; nada de todo esto es cierto, es demagogia barata: atender a nuestros hijos no es lo mismo que ocuparnos de que estén atendidos, educar es dar herramientas útiles para la vida y enseñar a usarlas (¡conocimiento!) y no dejar a ningún alumno atrás no puede traducirse en que todos se queden atrás, es esencial dar pista a los buenos alumnos, recompensar a los que más se esfuerzan ¿por qué? Porque son los más brillantes y los más trabajadores los que tirarán en su momento del carro de la sociedad, del carro en el que van todos, también los últimos de la fila.
¿Y qué les decimos para que estudien? Estudia o te castigo, estudia o te quito la Play, estudia o te dejo sin móvil, estudia o no sales, estudia o… y con esas motivaciones sólo en un cuento de fantasía se ponen a estudiar felices y contentos; eso de que a ningún niño le gusta estudiar es una realidad dócilmente aceptada y rara vez combatida ¿por qué? Porque se combate antes de que al niño no le guste estudiar: se combate asegurando una buena comprensión lectora que haga que leer no sea un problema (si leer es un problema imaginad lo que será estudiar lo que se lee…), se combate manteniendo despierta la curiosidad del niño, no diciéndole que le pregunte a Google, se combate alimentando su mundo de belleza y de planes que van más allá del fútbol y los parques de bolas, un niño curioso es un niño que busca el modo de dar respuesta a su curiosidad y eso en no pocas ocasiones es estudiar o se logra a través del estudio.
No sólo decimos demasiadas cosas inconvenientes y callamos otras que sería de más utilidad decir sino que mantenemos una imagen distorsionada de la educación de nuestros hijos porque lo contrario, aceptar la incertidumbre, se nos antoja demasiado complicado cuando no insoportable; pero lo cierto es que no sabemos cómo será el mundo en el que vivirán y trabajarán nuestros hijos, no sabemos a qué se dedicarán y no podemos hacer de brujos y adivinarlo todo ¿qué tenemos que hacer entonces? Educar personas capaces. Dar a los niños y los jóvenes una formación completa y útil, herramientas con las que desenvolverse en la vida según sean ellos y sea el mundo como sea.