Ser de lujo.

No todos los que hablan de Lamborghini saben lo que es ser de lujo, es más, los horteras de bolera que adornan su vida con supermegahiperdeportivos cuyo sonido reverbera 10 kilómetros a la redonda, no suelen tener ni la más remota idea de lo que es ser de lujo, tampoco, dicho sea de paso, quienes viajan en Falcon con billetera ajena. Dior sí lo sabía, Christian Dior, de hecho, lo supo mejor que nadie. Y Coco Chanel, a su manera, también. Y el deslumbrante Oscar Wilde, por supuesto, él sabía del gran trecho que va de la moda al lujo y la belleza.

Ser de lujo es ser bello y es ser útil ¿te resulta extraña esta definición? cuídate de discrepar frontalmente de ella, no por mi sino por ti, hacerlo te acerca peligrosamente al hortera de bolera… Y no es que lo diga yo, lo anticipó Christian Dior a su manera, Coco Chanel a la suya y, del modo deslumbrante en el que rasgaba la literatura con sus aforismos, Oscar Wilde… pero no divaguemos, bajemos al detalle.

A Christian Dior le tocó vivir en un mundo horrendo, feo con alevosía, retorcido, casi inhumano y a la vez dominado por las bajas pasiones humanas; y le tocó también, afortunadamente, ver el final de ese mundo detestable, humillante y humillado que terminó, al menos en parte, con el fin de la II Guerra Mundial; fue entonces, a partir de entonces más bien, cuando Christian Dior, viendo el mundo hecho añicos tras el paso del vendaval nazi, viendo a las gentes hundidas en sus sentimientos más oscuros y tristes, entendió que solo la belleza podía salvar el mundo que un día fuera bello. Y por eso se dedicó a crear belleza, la belleza más útil posible, la que nos hace vernos más bellos y por tanto sentirnos más bellos. Su New Look cambió el ánimo del mundo y su Miss Dior lo hizo oler a rosas, él abrió la veda, él hizo de la belleza felicidad.

Coco Chanel era distinta por muchas razones y una no menor es que era mujer; ¡claro que le importaba la belleza! pero ella sabía algo más, sabía que la belleza que te devuelve el espejo cuando te miras en él es solo fachada y sabía que esa belleza se construye incluso cuando la naturaleza ha sido parca en detalles porque la belleza es el estilo, es la armonía, es la comodidad.

Dior vestía a la mujer romántica, Chanel a la emprendedora y Oscar Wilde les gritaba a ambos desde el más allá ¡cuidado con lo que hacéis! Porque la belleza es eterna y la moda no es más que algo que ha de cambiarse cada seis meses por lo espantosa que puede llegar a resultar…

Abundan los horteras de bolera, que me perdonen los futbolistas al volante del Bugatti más llamativo, del Porsche más ruidoso o del último modelo de Ferrari pero mentarlos aquí es menester; seres de lujo haberlos hailos, como las meigas, pero verlos es más difícil porque los seres de lujo son discretos a la par que elegantes, son bellos y útiles, son amables, no dan la nota ni llaman la atención, son los que saben que el lujo pueden ser dos gotas de Chanel nº5 para dormir (o para no dormir…), y una boca cerrada con siete llaves cuando no se tiene nada inteligente que decir, son los que saben que lo bello y lo útil es lo que mueve el mundo en buena dirección, alejándolo del abismo del feísmo y la ignorancia, acercándolo al saber y el ser… de lujo.

Y es que una cosa es el lujo y otra bien distinta (y más pequeña) el mercado de bienes de lujo ¿un Lamborghini es lujo? Por lo que cuesta, sin duda ¿y una conversación con una mente lúcida? Por lo que vale, sin duda; al lujo caro sólo llegan unos pocos (¡que lo disfruten! y nosotros que lo veamos porque verlo también puede ser un deleite), al lujo valioso llega todo el que quiere llegar (y sólo los necios descerebrados lo desprecian porque solos tales cabezas huecas pueden renegar del saber y la lucidez, del bien, el amor y la belleza sin que, de pura vergüenza, se los trague la tierra).

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