No estás enfermo. Sólo estás triste.

Empezaré por decir que no voy a hablar de salud mental… Sé que es el tema de moda y que quienes fueron en su día expertos en virus lo son ahora en salud mental pero no es mi caso, ni fui lo uno ni soy lo otro, es más, me jacto de negarme a aceptar la etiqueta de experto incluso en los asuntos de los que sé algo, que no hay nada más vacío y más triste hoy en día que ser un experto.

De lo que quiero hablar es de la tristeza, de la preocupación, de la inquietud, del miedo, del hecho de estar nerviosos… Porque tengo para mi que en un mundo en el que todos tenemos derecho a ser felices estamos catalogando como enfermedad mental estados emocionales que, en realidad, están muy lejos de serlo. ¿Y por qué hacemos tal cosa? Porque negamos la realidad, concretamente negamos la realidad que no nos gusta y, si estamos muy tristes, será que tenemos depresión y si estamos nerviosos será ansiedad y si nos puede el miedo algún nombre técnico tendrá la cosa.

No toco de oídas al hacer esta reflexión sino que me baso en experiencias tan cercanas que son propias, de una de ellas he hablado antes en este blog, la sufrí cuando diagnosticaron a mi hijo diabetes tipo 1; habían pasado ya tres o incluso cuatro meses y yo seguía triste, preocupada, inquieta, maldurmiendo… y la enfermera de educación diabetológica de mi hijo me dijo la frase mágica: ‘date un año‘.

¿Perdón? ¿un año?. Eso dijo, también añadió que si pasado un año seguía así hablaríamos ya de otras cosas y me aconsejó que, por el momento, ignorase mis sentimientos y sensaciones, que era muy normales, que un diagnóstico de una enfermedad crónica, en particular de una patología tan exigente en el día a día para el paciente como la diabetes tipo 1, necesitaba su propio duelo, casi como la muerte de un ser querido. La verdad es que la analogía me pareció un exceso mayúsculo pero estaba tan triste, preocupada, cansada y, ciertamente, por lo demás confiaba plenamente en aquella enfermera, que decidí hacerle caso, centrarme en aprender acerca de la dichosa diabetes, en particular de nutrición, y dejar pasar el tiempo.

No hizo falta un año. Según aumentaba mi entendimiento de la diabetes tipo 1 y mis conocimientos acerca de como manejarla la preocupación fue bajando, el sueño siguió siendo ligero pero dormía, la tristeza tampoco era tan intensa… ¿Conclusión? No, no estaba enferma, no padecía ninguna enfermedad mental, sólo estaba triste y preocupada porque tenía razones para estar triste y preocupada y el remedio no era tratar esa tristeza y esa preocupación sino afrontar aquello que la provocaba.

¿Que hay casos de tristeza y preocupación que sí son patológicos? ¡qué duda cabe! Pero tengo para mi que hoy en día recurrimos a la patología más de la cuenta, que huimos de la responsabilidad que tenemos acerca de nuestro propio bienestar, que buscamos que nos solucione la cosa otro y si es una pastilla, pues mira, ni tan mal… Y a veces tiene que ser así, ahí están los psicólogos y los psiquiatras para valorar qué es patológico y qué no lo es y para proponer el mejor tratamiento, el mejor tipo de ayuda en cada caso para salir del hoyo pero nada ni nadie puede sustituir nuestra propia responsabilidad y no digamos ya si es una responsabilidad ampliada, es decir, no es solo sobre nosotros mismos sino sobre nuestros hijos.

Leemos hoy en día que los jóvenes y adolescentes son blanditos, (cristalitos, les llaman algunos…), y vemos como se habla cada vez más del incremento de las enfermedades mentales en jóvenes; ¿el mundo es hoy más cruel de lo que lo era hace unos años? La verdad es que no lo creo, no creo que el mundo haya cambiado tanto, creo que ha cambiado el modo en que educamos y, por los resultados que estamos obteniendo, no parece que sea para bien.

¿La clave del desaguisado? Estoy segura de que no es una sino un buen puñado de ellas pero hay una que me parece esencial: la tolerancia a los sentimientos negativos, que está en mínimos históricos. Protegemos a nuestros hijos muy por encima de nuestras posibilidades y el resultado es que su tolerancia a la frustración, a que las cosas no les salgan como quieren o como esperaban, es baja y, si te frustras, detrás vendrá no sólo la indignación y el cabreo morrocotudo sino también la tristeza, la angustia, la ansiedad… un cóctel de sentimientos negativos de muy pero que muy difícil manejo.

¿Que la tristeza y la angustia pueden ser depresión y ansiedad? Por supuesto. ¿Que siempre derivan en eso? No, rotundamente no; la tristeza, la angustia, la preocupación, el miedo… son sensaciones que podemos sufrir (sufrir, sí, se sufren y se padecen, no son en absoluto agradables) en diferentes momentos de nuestra vida y pasar por ese trance no nos convierte en personas enfermas sino en personas que, sencillamente, no pasan por su mejor momento; claro que para entender esto hay que entender primero que el mundo es, como dice Reverte, un lugar cruel, hay que aceptar que las cosas malas suceden, que los malos existen, que a veces se suspende habiendo estudiado y en ocasiones no logramos alcanzar nuestros objetivos y sobre todo hay que tener claro, cristalino diría, que nada de todo eso convierte la vida en un infierno, la vida no es justa ni es injusta, tampoco es que sea lo mejor que tenemos, es en realidad lo único que tenemos y no gozarla en todos sus matices sí puede acabar siendo patológico…

Es curioso el modo en que la sociedad posmoderna enfoca lo negativo: negándolo, considerándolo injusto y culpa de algo o de alguien, considerándose capaz de fulminarlo de un plumazo… como si construir el mundo feliz de Huxley que de verdad sea un mundo feliz para todos en todo momento fuera posible; ¿y cuando se demuestra que es imposible? Para los posmodernos nunca se demuestra; recuerdo cuando le decían a mi hijo que no se preocupara por nada, que hiciera vida normal… y el pobre miraba la bolsa con el glucómetro, la insulina, los sobres de glucosa… y me miraba buscando una explicación a ese ‘normal’ pero muy normal no lo veía pero, oye, que la rueda seguía girando.

La alergia del posmodernismo a la verdad y la realidad es terrible y ese negarse a ver la realidad como es cuando no nos gusta nos lleva por caminos oscuros porque si la realidad no es nuestro punto de partida, si no nos construimos y construimos nuestra vida sobre lo real, estaremos haciendo castillos en el aire (y no, muy habitables no son).

Nuestra capacidad de engañarnos y dejarnos engañar se está demostrando infinita pero la realidad no va a huir acobardada ante nuestra creatividad, seguirá ahí, bajo nuestros pies, donde ha estado siempre… esperando a que dejemos de pajarear y aterricemos mansamente en el suelo, la alternativa es caernos del castillo hecho en el aire y, con suerte, sufrir un aterrizaje forzoso (con suerte, digo…).

No creas que estoy divagando ni que me voy del tema, al contrario, voy al tema porque lo que sucede cuando consideramos que todo estado de tristeza lo es de depresión o que todo estado de angustia es ansiedad patológica es que no estamos aceptan la tristeza o la angustia como sentimientos posibles, como emociones que son fruto de nuestra realidad, de lo que nos sucede sino como una enfermedad. E, insisto, a veces lo serán (y me abstengo de valorar cuando lo son y cuando no, para eso están los psiquiatras y los psicólogos, no los coachs ni otros expertos de mercadillo, pero ¿lo son tantas veces como consideramos que lo son? ¿o como nos consideramos con derecho a ser felices la tristeza es, per sé, una enfermedad? Al final habrá que acabar defendiendo el derecho a la tristeza... Además, cuando nos sucede algo malo ¿no sería el hecho de seguir tan campantes y tan felices lo que habría de ser considerado patológico? Yo diría que sí…

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