La curiosidad mató al gato… y creó al hombre.

Dice el refrán que la curiosidad mató al gato ¿y eso qué quiere decir? ¿que por curioso se murió? Algo así, supongo… La verdad es que se trata de un refrán ligeramente nebuloso, tal vez tenga que ver en ello que no es más que la adaptación de un dicho inglés (aunque ganas dan de escribir ese dicho con mayúsculas porque quien lo dijo fue Ben Jonson… no, ¡alma de cántaro!, no, el atleta no ¿no ves que he escrito Jonson sin h intercalada? Ben Jonson el dramaturgo, el poeta, el actor… el hombre del Renacimiento inglés); o tal vez la razón sea eso que explica divinamente David Cerdá en El dilema de Neo: que la sabiduría popular no existe, no en vano prácticamente cada refrán tiene su antítesis (a quien madruga Dios le ayuda, por ejemplo, frente a no por mucho madrugar amanece más temprano); y es que, si lo pensamos bien, cabe que descubramos que la curiosidad puede ser fatal en ocasiones (no digamos ya si es, además, una curiosidad cotilla y maliciosa) pero en otras muchas es el motor de la evolución, del crecimiento, del progreso; dicho de otro modo, puede que la curiosidad haya matado al gato pero, sin duda, es la crea al hombre, a cada hombre, la que hace de él lo que es.

¿Te parece exagerado? Quizá lo sea, en realidad son muchas las cosas que hacen del hombre lo que es pero es indudable que la curiosidad es el principio de todas ellas; nacemos desnudos e incapaces de valernos por nosotros mismos pero llegamos a convertirnos en seres libres e independientes, algunos se ganan incluso el reconocimiento como sabios y maestros ¿por qué? ¿porque saben mucho? Pues sí, pero esa no es la cuestión, la pregunta es ¿por qué saben mucho? Porque han aprendido mucho, ciertamente, pero ahondemos un poco más ¿por qué han aprendido tanto? Porque han tenido curiosidad… A los niños no les gusta estudiar pero, si son curiosos, sí les gusta aprender; la curiosidad es querer saber, es sentir unas ganas irrefrenables por satisfacer ese deseo de saber, esa curiosidad ¿resultado? Aprendes, aprendes para darte el gusto de satisfacer tu curiosidad.

Que la curiosidad sea innata en los hombres no es casualidad sino que forma parte del pack con el que llegamos al mundo incapaces de todo; del mismo modo que el miedo es una palanca que nos hace permanecer en alerta, despiertos y prevenidos ante cualquier peligro inminente, la curiosidad es la cualidad que nos incita a aprender para seguir avanzando, creciendo, evolucionando, progresando… Claro que, como el miedo, la curiosidad tiene su lado oscuro y puede convertirse en un serio problema: quien es dominado por su miedo no vive, a lo sumo sobrevive, y quien es dominado por su curiosidad y la canaliza banalmente, se pierde, se pierde la vida y se queda solo en sus destellos.

La curiosidad que mató al gato es la que lo llevó a querer saber más de la vida del vecino de lo que el vecino está dispuesto a desvelar, es la que satisface la sucia envidia que nos lleva a sentir cierto acomodo en nosotros mismos al ver como otros están peor; pero hay otra curiosidad, es la curiosidad que siente el niño cuando ve al coche de juguete moverse sin que nadie lo empuje, una curiosidad que lo lleva a destripar el coche en busca de respuestas sin saber muy bien qué está haciendo… Todos los niños son curiosos, todos sin excepción (pensad en un bebé cualquiera que no se haya llevado a la boca todo aquello a lo que haya podido echar el guante… no existe tal bebé) pero ¿qué sucede cuando crecen? ¿La curiosidad tiene acaso fecha de caducidad? ¿se pierde con los años? ¿se cansa? No a todo. La curiosidad es eterna… el problema está en que también puede dormir el sueño eterno.

Hay una mosca, la mosca tsetsé, que transmite una enfermedad bien puñetera, es la enfermedad del sueño, un trastorno bien jorobado que lleva a quienes lo padecen a sufrir una somnolencia irrefrenable durante el día (el hecho de que puedan sufrir insomnio por la noche no hace sino empeorar la situación); pues bien, puede suceder que la maldita mosca nos pique la curiosidad y, con ella dormida (la curiosidad, no la mosca), el aprendizaje se convierte en algo tedioso y horrible, en un castigo insoportable, en un imposible.

¿Y cuál es la mosca tsetsé que pica la curiosidad y la duerme? ¡ojalá hubiera una respuesta sencilla a esta pregunta! O algún repelente de insectos que nos protegiera de ella pero no es así, la curiosidad de duerme por un cúmulo de razones e influencias pero se duerme, sobre todo, si dejamos que se duerma; como adultos sabemos que la curiosidad se nos duerme a ratos, necesita descansar como necesitamos descansar nosotros cuando el desinterés nos domina pero, de niños, los riesgos son mucho mayores y más graves porque los niños no saben de la importancia de la curiosidad, la sienten o no y actúan movidos por ella pero es para ellos una entelequia, algo que no ven aunque sea lo que los mueve a la acción (y, como decía Aristóteles, el pensamiento mueve a la acción, la acción al hábito y el hábito hace el carácter… o al hombre).

Mira tú por donde… igual no era exagerado decir que la curiosidad hace al hombre.

Es verdad que los dispositivos digitales que concentran nuestra atención son una perfecta mosca tsetsé especialmente si hablamos de niños, también lo era la televisión en su día y también lo son la lista interminable de quehaceres y actividades extraescolares que convierten la vida de los niños en una película de acción continua sin tiempo para el aburrimiento ni la curiosidad (el pensamiento) pero no es menos cierto que no hay matamoscas con el que podamos aniquilar semejante nube de inductores al sueño eterno, en cambio lo que sí podemos hacer es convertirnos en la antítesis de esas moscas, en la cafeína de la curiosidad ¿cómo hacerlo? Haciendo preguntas ¿qué preguntas? ¿cuántas preguntas? La respuesta es indefinida.

Hacer preguntas es incitar a buscar respuesta, a indagar en busca de la respuesta, es decir, es ejercitar la curiosidad; no se trata de hacer preguntas de respuesta rápida ni fácil, es más, no se trata de hacer preguntas con respuesta sino con caminos para buscar posibles respuestas, caminos que podemos incluso recorrer con los niños convirtiendo nuestras tardes con ellos en una divertida yincana.

La curiosidad mató al gato pero hizo al hombre, eso es algo que no debemos olvidar porque si mandamos al cole, ahora que se acerca el momento de regresar a las aulas, a niños con la curiosidad dormida, estaremos pidiendo a los profesores que afronte los trabajos de Hércules por no decir un imposible, como imposible será que nuestros hijos se esfuercen en el estudio si no les interesa nada lo que tienen que estudiar… y no te equivoques, si no les interesa nada no es porque los programas educativos sean un desastre, que lo son, ni porque los profesores sean malos, que de todo hay, es porque su curiosidad está durmiendo el sueño eterno.

Y eso tiene consecuencias, consecuencias feas y desagradables: no sentir curiosidad por nada nos lleva a evitar la acción ¿total para qué? y eso crea un hábito, el de la desidia, y es entonces la desidia la que hace el carácter… y al hombre.

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Maleducados
Sekotia (Ed. Almuzara)

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