¡Feliz precumpleaños! Me decía mi hijo hace unos días (sí, yo también empecé a hiperventilar pensando en qué sería de nosotros si, además de prebodas, también tuviéramos que celebrar precumpleaños…) ¡aun no tienes 50 y ya has publicado un libro! añadió… y a mi se me olvidó lo de la precelebración mientras recordaba cuántas veces he pensado que voy tarde, que el libro tenía que haber llegado hace 20 años; pero mi hijo, con su mirada de 16 años, encuentra que es magnífico que las cosas hayan sido como han sido y, qué queréis que os diga, me gusta su mirada limpia y positiva sobre la vida y me recuerda que solía ser la mía hasta que llegó la presbicia y que que la presbicia la solucionan las gafas, que el ánimo debe permanecer intacto.
¿Y qué carajo importa si publicas un libro a los 49 o a los 29? El caso es que tienes algo que contar, lo cuentas, un incauto editor decide publicarlo y tú acabas firmando en la Feria del Libro que tantas veces has paseado… Claro que en el fondo yo sé que importa, mi hijo todavía no porque a sus 16 años su vida es más que nada futuro pero yo tengo ya más vida por detrás que por delante y sé que importa… importa para bien.
Me atrevería a pelearme con Chesterton para defender el derecho de las mujeres a votar, derecho que él les negaba, pero me pelearía con el mismo afán a su lado y contra Bernard Shaw para demostrar la importancia de celebrar el cumpleaños ¿por qué? Porque la alternativa es peor. Es verdad que eso es algo que todo el mundo sabe aunque parezca ignorar, ciertamente no sirve de consuelo a nadie pero tal vez sea porque no tenemos demasiada empatía con quienes vivieron vidas muy cortas…
Yo quiero que la mía sea larga pero no para dar la murga sino para hacer lo que me de la gana, para empezar seguir escribiendo libros porque sólo he publicado uno y en la cabeza tengo dos o tres más ocupando sitio, esa es la murga que quiero dar, una murga discreta y silenciosa como es la del que lee y un poco plasta en plan ‘yo he venido a hablar de mi libro’ como es la del que escribe.
También quiero seguir viajando, viajar un poco más de hecho, y que mi fascitis plantar se vaya a freír puñetas y me deje pasear Madrid a mi antojo y volver a elevarme sobre unos tacones (aunque solo sea a ratos y en ocasiones especiales).
Ya veis que no pido mucho, no pido nada en realidad, sólo, curiosamente, lo mismo que he pedido siempre: que me dejen en paz… no quiero regalos, quiero vivir plenamente, hacer de mi vida lo que mejor pueda según las circunstancias que me vayan tocando… quizá por eso, aunque cumplo 50 y podría hacer arqueo vital, no lo hago, porque mirar atrás no me sirve, no soy capaz de vivir de aciertos ni errores pasados, tampoco de sueños imposibles, vivo de posibilidades tangibles pero todavía irreales, vivo por hacerlas realidad, por eso necesito vivir hoy, no ayer, para que mañana se parezca un poco más a esas posibilidades hoy irreales…
Y, volviendo a Chesterton, los cumpleaños hay que celebrarlos siempre, aunque sea discreta e íntimamente, ahora bien, cuando cumples 50… entonces te puedes permitir, aunque solo sea por un día, ir de reinona porque de ahí en adelante ya sólo te quedará echarle huevos al asunto lo que, siguiendo con la metáfora, bien puede traducirse a corto plazo en una visita al Palacio Real y una comida en la Taberna de Lucio (y sus famosos huevos estrellados), de ahí en adelante… ¡qué Dios reparta suerte!.