No pretendo alarmaros pero es verdad, vamos a morir todos. Lo sabéis. Lo sabéis aunque sólo sea porque no conocéis a ningún ser humano inmortal pero actuáis como si no lo supierais…
Veámoslo en términos más cercanos: tú vas a morir y yo también; las personas que más quieres, las que más te quieren, van a morir, algunas lo harán de repente y de forma inesperada, otros tras una larga enfermedad, algunos tras una larga vida otros tras una vida más breve; con suerte, si la vida no te la juega, vas a envejecer y empezarás a tener goteras, tu cuerpo empezará a dar muestras de desgaste y el dolor se convertirá en un asiduo visitante, te lamentarás por tu salud más o menos maltrecha, por tu soledad más o menos deseada, lo harás olvidando que tú, precisamente tú, estás vivo, los que añoras ya no pueden contarlo…
Seguro que ahora te sientes más incómodo, el ‘vamos a morir todos’ ya no te parece tan evidente ni le ves la misma gracia que hace dos párrafos y ese es el quid de la cuestión; sabemos que la vida es finita (es breve, es sueño…) pero lo olvidamos o hacemos como si no lo supiéramos, como si los que enferman y los que mueren fueran siempre los otros, nunca nosotros, nunca los nuestros; pero llega el día en el que el que cae es uno de los nuestros, es el día del drama, un drama que puede prolongarse en el tiempo porque cuando no se tiene una conciencia clara del valor del tiempo de vida, de lo precioso y escaso que puede llegar a ser, admitimos el drama y el trauma como compañeros de vida.
Luego están los del pensamiento positivo, los del ‘tú puedes’, ‘todo es posible’, ‘¡sí se puede!’… Frases comunes que sirven de maquillaje para acallar el drama, un drama que sigue latiendo bajo la piel de una sociedad que no asume que vamos a morir todos, dicho de otro modo, una sociedad que no acepta que la justicia y la injusticia son conceptos humanos, no naturales y que la vida es un devenir natural, que es como un gran recorrido de montaña, con sus tramos suaves, sus tramos duros, sus vistas de escándalo, sus compañeros de viaje y, en la cima, el frío y el cielo, el fin.
No nacemos con un pan bajo el brazo, tampoco con una cartilla de derechos, nacemos desnudos, indefensos e incapaces de todo e incluso desde ese primer momento en el que todos los niños lloran y parecen llorar igual, somos únicos e iniciamos un camino que es único y personal, que es el nuestro; comenzamos as recorrerlo acompañados por nuestros padres, por nuestros hermanos y nuestra familia y nos vamos haciendo más independientes, más capaces… o así debiera ser.
En la medida en que olvidamos que la vida es tan finita como preciosa y nos afanamos por protegerla a cualquier precio (al precio incluso de no vivirla…) nos vamos hundiendo bajo el peso nuestras circunstancias y, al hacerlo, vamos buscando asideros que nos sostengan y justifiquen: he tenido mala suerte, la vida no es justa… Y tras esas primeras excusas damos un inevitable paso más: si no asumimos la responsabilidad sobre nuestra propia vida sino que nos rendimos a la fatalidad de nuestras circunstancias, la desazón es profunda porque la incapacidad es absoluta e, inevitablemente, a falta de responsabilidad propia buscamos la ajena, al culpable de nuestras circunstancias que es siempre ese al que en la mano de la vida le han tocado mejores cartas o ha sabido jugarlas mejor.
El ser humano es, o debiera ser (sin duda puede ser) mucho más y mucho mejor que eso, lo es cuando deja de dar vueltas a lo inevitable, a lo intangible, a lo circunstancial y se centra en aquello sobre lo puede influir, lo que puede modelar o cambiar; al hacerlo no sólo descubrimos que podemos sobreponernos a todo lo que antes nos aplastaba sino que, para nuestro mayor gozo, vemos como el esfuerzo de remar contracorriente nos hace más fuertes, más capaces, más conocedores de nuestras posibilidades… nos hace, en definitiva, mejores.
¿Significa eso que podemos con todo? ¿Que todo es posible? Rotundamente no, significa que se vive en la realidad de lo posible, no en la utopía de los sueños ni en el infierno de la distopía a la que nos condenan; ahí, con suerte, se sobrevive.
Y por eso hay que huir del victimismo como de la peste, porque el victimismo nos hace vivir bajo nuestras circunstancias en lugar de sobreponernos a ellas. Y hay que huir también de los falsos victimistas que, para que su éxito en la vida no los convierta en el enemigo a batir, alardean de lo pobres que fueron un día callando el proceso a través del que dejaron de serlo.
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A sacudirse el victimismo y a los falsos victimistas también se aprende como se aprende a leer, el proceso se llama educación y de él hablo largo (no mucho) y tendido en MALEDUCADOS.
[…] Claro que para entender que el único modo posible de vivir como seres humanos es hacerlo sobre el mar de nuestras circunstancias y no bajo él porque no somos un banco de peces, hay que entender el mundo como un lugar magnífico y magníficamente peligroso y hay que entender la educación como el proceso a través del cual nos preparamos para gozarlo y sufrirlo, un proceso que es, o debiera ser, tan largo como nuestra propia vida. Aunque para eso hay que empezar por entender que vamos a morir todos… […]
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