La versatilidad, entendida como la capacidad de adaptación a las circunstancias, es una virtud; es también la queja y el lamento de muchos cuando se trata de una versatilidad impuesta por el mercado (los que dicen que trabajan en algo que ‘no es de lo suyo’) y es una coartada cuando se cuela entre las competencias que se imparten a los niños en las escuelas, una coartada para jugar más y estudiar menos, para convertir la escuela en un parque de atracciones, como dice @GreogorioLuri.
¿Puede la versatilidad ser tantas cosas tan dispares a la vez y no estar loca? (o que no esté loca quien propone tal hipótesis? Puede, puede, de hecho lo hace.
Descubrí hace poco en Twitter y gracias a @Recuenco un hilo muy ilustrativo acerca de la versatilidad profesional: el hilo en cuestión es de @FranTsao y en él desvelaba cómo los ingenieros de caminos pasaron de ser los reyes del mercado laboral, hasta el punto de acuñar la frase ‘un ingeniero de caminos siempre tiene que ir bien vestido porque no sabe cuándo le van a dar un premio’, a engrosar las listas del paro ¿qué fue de aquellos ingenieros de caminos que pasaron, sin comerlo y ni beberlo, de ser los protagonistas de una película de éxito a serlo de los lunes al sol?
Algunos lograron colocarse de ‘lo suyo’, otros emigraron para trabajar de ‘lo suyo’ y muchos de ellos hicieron gala de una notable versatilidad, se reciclaron y trabajaron en sectores ajenos a ‘lo suyo’. Ergo la versatilidad es una virtud, ahora bien ¿sólo la versatilidad? No ¿o acaso pensamos que aquellos ingenieros de caminos que comenzaron a trabajar en otros sectores lo hicieron partiendo de cero? ¿de verdad creemos que su formación como ingenieros no supuso una sólida base y una fuente de conocimiento y capacidad de trabajo que, aplicada la versatilidad necesaria para adaptarse a lo que el mercado laboral demandaba, les permitió progresar profesionalmente al más alto nivel?.
Recuerdo una tarde en casa de mi abuela hace ya muchos años (tantos como unos 30) en la que me dijo algo que nunca he olvidado: ‘si algún día eres madre y decides que lo que tienes que hacer, antes que cualquier otra cosa, es dedicarte a tus hijos, hazlo, no te importe lo que diga nadie, ni te importe cuánto estás estudiando ahora, eso es tuyo para siempre, no te lo quita nadie y te va a servir siempre’. Fue su manera de decirme que el saber ocupa el lugar de la ignorancia y que, puestos a elegir, hay que elegir siempre el saber. Y no han sido pocas las veces, en los 30 años que se fueron sucediendo después de aquella conversación, en las que he confirmado que mi abuela tenía razón.
Una de esas ocasiones, quizá la más importante de todas, sobrevino cuando mi hijo, con 10 años recién cumplidos, fue diagnosticado de diabetes tipo 1 y pasó de ser un niño tan sano como una manzana a ser un enfermo crónico; recuerdo que su enfermera de educación diabetológica, supongo que viendo mi cara de pasmo y miedo, me dijo ‘date un año, si en un año no vuelves a la normalidad, hablamos ya de otras cosas’; me contó aquello de las fases del duelo y me dijo que aplicaban tanto a la pérdida de un ser querido como a la pérdida de un páncreas, que es de lo que hablamos cuando hablamos de diabetes tipo 1.
Aquella enfermera tenía razón a medias; no hizo falta completar el año, en unos pocos meses ya no había pasmo ni miedo en mi cara, había ojeras de no dormir y de horas de lectura acerca del susodicho páncreas y sus células beta, de insulina, hidratos de carbono, ejercicio físico… No, no fue completar el año de duelo lo que nos devolvió a una vida medianamente normal, tampoco fue la resiliencia, la aceptación de la realidad ni la afirmación cientos de veces repetidas por el personal sanitario acerca de que las personas con diabetes tipo 1 hacen vida normal (lo que nunca te dicen es cómo… pero esa es otra historia); fue el saber, fue entender cómo funciona el cuerpo cuando las células beta mueren, cómo y por qué sube y baja la glucemia, cómo se calculan las dosis de insulina, cómo, cuándo y cuánta debe aplicarse, cómo se calculan los hidratos de carbono de una comida, cómo afecta la actividad física a la glucemia o la hormona del crecimiento o una infección… Fue tener la certeza de que sabemos qué hacer para que la glucemia esté entre 80 y 180 y qué hacer cuando se sale de esos parámetros lo que nos hizo recuperar cierta normalidad.
Fue el saber adquirido a través de la educación diabetológica el que nos devolvió a la vida normal del mismo modo que a los ingenieros de caminos que no encontraban trabajo de ‘lo suyo’ fue su formación como ingenieros la que les permitió adaptarse y convertirse de nuevo en profesionales valorados por el mercado laboral aunque fuese en otros sectores. Todo mediante el buen uso de esa virtud que es la versatilidad, la capacidad de adaptarse a las circunstancias cuando está lejos de nuestras posibilidades cambiarlas.
Largamente explicado ya por qué la versatilidad es una virtud y no tiene sentido que se use como lamento, afrontamos su tercera acepción: la coartada, algo que es y tampoco debiera ser; en este caso hablamos de las dichosas competencias, de la educación por competencias… esa que se convirtió hace unos años en la revolución educativa contemporánea y de la que ahora, no sin cierta cara de susto y disgusto, hasta sus más acérrimos defensores reniegan o, al menos, la critican: no se pueden trabajar competencias sin conocimiento previo, dicen los iluminados… a buenas horas.
Que la versatilidad sea una virtud y que sea además tremendamente útil en un mundo que, gracias al ritmo al que evoluciona la tecnología, cambia a una velocidad nunca vista, no significa que deba convertirse en materia escolar, la versatilidad como tantas otras competencias se aplica a partir de lo que se aprende en la escuela ¿qué también se puede practicar en ella? no diré que no, pero la escuela debe volver a ser lo que nunca debió dejar de ser: el lugar al que se va a aprender ¿por qué? Porque lo que no se aprende en la escuela cabe que no se aprenda nunca.
Volvamos al ejemplo de los ingenieros de caminos: eran gente preparada, acostumbrada a estudiar duro, a presentarse a exámenes complejos y por tanto gente que no sólo tenía un alto nivel de conocimiento sino que tenía una capacidad de trabajo notable porque la habían practicado a conciencia; por eso para ellos adquirir nuevos conocimientos no suponía un suplicio chino como supone para muchos niños hoy la mera lectura del tema 5 de historia, no es que no les guste o no les interese la historia (o también, pero eso es lo de menos) es que su falta de comprensión lectora hace que la mera lectura de tres o cuatro páginas les exija un esfuerzo ímprobo; es ahí, en algo tan básico como la competencia lectora, donde empieza el desastre educativo, en la educación primaria; y es una necedad hablar de versatilidad en jóvenes que no es que no sean versátiles ni resilientes, que diría un cursi, es que no pueden serlo, no cuentan con las herramientas básicas necesarias para serlo.
Resulta curioso (por decirlo de algún modo) ver como en una época en la que es más necesaria que nunca una buena educación, ésta se despeña por el desfiladero del desastre amarrada a sus competencias y su especialización; en una época en la que el mundo avanzaba despacio uno podía decidir qué estudiar y trazar una carrera profesional con poco temor a equivocarse, hoy en día convivimos con la incertidumbre porque no sabemos cómo será el mundo profesional en el que desembarcarán quienes hoy están en la escuela y, precisamente por eso, deberíamos dejar de jugar a la bruja Lola con el futuro, evitar esa asociación perversa de educación y empleabilidad como bien dice David Cerdá y dedicarnos a enseñar y aprender y lograr así que, sea como sea el mundo profesional que viene, los alumnos cuenten con herramientas y conocimientos que, aplicada la dosis de versatilidad necesaria, les permitan defenderse en la vida, lucharla, gozarla… vivirla a placer.
Enseñémosles lengua, matemáticas, historia, ciencias, geografía, dibujo, música y filosofía, reforcemos su comprensión lectora, su cálculo matemático y su capacidad de resolución de problemas… zambullámoslos en la piscina del saber de infantil a bachillerato pasando por primaria y secundaria y dejemos que sean después ellos mismos, versatilidad mediante y con la inestimable ayuda de sus habilidades naturales (que se hable poco de ellas no las hace menos importantes…), quienes decidan cómo hacer uso de todo ese saber en beneficio propio y ajeno en el que será su mundo, un mundo que hoy sólo podemos imaginar (con un margen de error más que notable). Eduquemos, que siempre dará mejor rédito que maleducar.