Oímos hablar de educación… como quien oye llover.

Oímos, que no escuchamos, y no es para menos, lo que se dice acerca de educación no merece más atención que la que le prestamos a la lluvia que repiquetea en la ventana ¿y por qué se habla tanto y tan superficialmente de educación precisamente ahora? La culpa la tiene, en cierta medida, el informe PISA tanto en lo que dice como en lo que no dice, eso y el hecho cierto de que la educación es un terreno de debate político que funciona a modo de comodín, cuando hace falta ahí está.

Cuando el informe PISA dice lo más que vamos en comprensión lectora y señala, además, las autonomías que van peor lo que nos está es ofreciendo un mapa en el que las regiones que imponen la inmersión lingüística pierden nivel y de eso un gobierno que tiene por socios a la par que captores (por aquello del chantaje) a quienes lideran esa imposición destructiva no quiere hablar, prefiere hablar de pantallas aunque también sin ahondar mucho, se quedan en la del móvil, y por supuesto del deporte que es algo así como el bálsamo de Fierabrás. Y dicen que mejorarán la comprensión lectora y los intelectuales del momento hacen la ola, y dicen que abrirán los colegios más horas para que se utilicen como instalaciones deportivas y más gente aún hace la ola… Y entonces la oposición, que no se quiere quedar atrás, sacan a colación la ebau y señalan el descontrol de un sistema educativo que hasta el bachillerato es la república independiente de la casa de cada región y en la Unversidad es nacional.

Hablan, hablamos, mucho de educación, es cierto y lo hacemos porque si algo tenemos todos claro es que la educación es muy importante… el problema es que para los políticos es importante porque por lo que tiene de terreno de batalla política y por la maravillosa oportunidad que les da para meter su ideología en los currículos escolares y para los padres lo es porque, sin ser garantía de nada, es la oportunidad de todo para sus hijos.

La realidad, queridos padres, es que los problemas de la educación no están en el deporte ni en las pantallas y, aunque sus consecuencias son cada día más evidentes, están ocultos en las raíces del árbol educativo de modo que no saltan a la vista.

La mala noticia es que, dado que la educación es la riqueza de un pueblo, somos cada día más pobres porque cada vez somos más maleducados: porque obviamos la cortesía del por favor y el gracias, porque entendemos la autoridad en términos militares y olvidamos la autoridad que da la experiencia y el conocimiento, porque hemos vaciado de contenido los currículos escolares y porque cuando hablamos de comprensión lectora lo confundimos como saber leer o con tener gusto literario… Un buen puñado de despropósitos juntos ante el que no cabe seguir oyendo hablar de educación como quien oye llover ni tampoco prestar atención a quien quiere que nos conformemos con apagar las pantallas y llenar los polideportivos para solucionar los problemas educativos que ponen en solfa el futuro de nuestros hijos.

¿Y qué hacemos? Ponernos manos a la obra, para empezar, asegurando que nuestros hijos cuentan con una herramienta esencial tanto para su aprendizaje como para su progreso en la vida: la comprensión lectora que no es saber leer ni gozar de la literatura sino entender lo que se lee con rapidez y expresarse con corrección ¿y esto como se consigue? Es bien sencillo: ¿cómo se aprende a andar? ¿cómo se aprende a rodar en bicicleta? Pues a comprender lo que se lee se aprende leyendo, no es necesario leer a Shakespeare, a Homero o a Cervantes (aunque sí recomendable, claro), es necesario leer (cuentos, cómics, relatos, novelas… lo que el lector quiera); tampoco es necesario leer mucho, basta con leer un poco cada día, nada más (y nada menos).

La buena comprensión lectora es una herramienta la mar de útil que hace más llevadero cualquier estudio, facilita el aprendizaje porque agiliza la comprensión de cualquier materia y es, además, algo de lo que los padres podemos proveer a nuestros hijos lluevan lo que lluevan los políticos sobre los currículos escolares ¿cómo? Llenando su vida de cuentos y cómics, facilitándoles el acceso a ellos, leyéndoles relatos desde pequeños, incitándolos a leerlos ellos mismos cuando aprenden a leer… y asegurándonos de que ese buen hábito de lectura construido desde su más tierna infancia no se pierde al llegar a la adolescencia, no es una tarea titánica, sólo hace falta un poco de perseverancia y tatuarnos a fuego en nuestros objetivos educativos el siguiente: se puede negociar qué leer, cuánto leer y cuándo leer, lo que no es negociable es leer, lo que no es aceptable es no leer.

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Si todavía piensas que leer es cosa viejuna, que es normal que los niños de hoy no lean porque tienen otros intereses, si eres de los que cree que es esencial que hablen inglés por los codos pero ni por la cabeza se te ha pasado la importancia de que entiendan lo que leen, si sigues pensando que les cuesta estudiar un tema de historia porque no les interesa y no porque les cuesta un esfuerzo ímprobo leerlo por aquello de su pésima comprensión lectora, si eres un anti pantallas que vive la mar de relajado si el niño tiene una pelota pegada al pie… Tenemos que hablar (y sino también, para hacernos escuchar y leer). Empiezo yo (en este blog y en este libro).

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