Un lugar en el mundo: Madrid.

Madrid no es la ciudad que fue o, al menos, no es sólo la ciudad que fue sino también la ciudad que hemos ido haciendo entre todos los que hemos llegado a ella, los que aterrizaron durante los años 50 y 60, los hijos que aquí tuvieron y los que, poco a poco, sin prisa y sin pausa, hemos ido llegando después. Por eso entiendo tan poco y tan mal a quienes dicen que Madrid no se parece a España… Madrid, con la mitad de su población procedente de otros lugares de España (y del mundo) es, probablemente, más España que la propia España.

La gente viene a Madrid a que la dejen en paz, decía Díaz Ayuso y se ganaba mi favor por siempre jamás; venimos a que nos dejen en paz, a ser quienes siempre debimos haber sido, a trabajar, a pelear, a progresar… a vivir. Y Madrid nos acoge y nos abraza, nos envuelve con su trajín y su ruido, con sus prisas, sus tiendas y sus locuras, nos abrasa en verano, nos congela en invierno y cuando llega la Navidad… si no te enamoras de esta ciudad es que no estás hecho para ella.

Me gusta el Madrid de los libros de segunda mano en la Cuesta de Moyano, el de los teatros viejos y las obras pequeñas, el Madrid de las Meninas de diseño, el que huele a churros y a chocolate o a castañas asadas, el que nunca duerme y siempre está abierto; el Madrid en el que nunca te preguntan a dónde vas ni de dónde vienes, el del Prado y el Thyssen, el de la pequeña tienda de souvenirs junto al Palace, el de la calle del Barquillo, el de los turistas que vienen y van, el Mercadillo de la Plaza Mayor y el árbol de Navidad de Sol, la fachada del Four Seasons y la galería Canalejas, me gustan incluso los leones del Congreso aunque en Navidad palidezcan ante la luz y el color de esta bendita ciudad.

No soy de Madrid, me he hecho de Madrid y me hago más de Madrid cuanto más paseo la ciudad, cuantos más rincones descubro, lugares como pequeñas grandes librerías donde los que escriben se encuentran con los que todavía leen, donde el autor de un libro te lo firma con agradecimiento y gracia y donde cabe que incluso te sirvan un café o un vino porque en Madrid hay librerías que son así, lugares no sólo para comprar sino también para estar a placer.

¡Algo habrá que no te guste de Madrid! Exclamaréis espantados quienes, aquejados de madrileñofobia, no entendáis mi buen acomodo a esta ciudad, algo hay, sí; no me gusta conducir Madrid, prefiero recorrerlo andando o dando buen uso al metro y tampoco me gustan los carriles bici ni patinete, que el progreso sea llevar a tus hijos al colegio en un carrito de plástico enganchado a una bici que va a pedales (con o sin motor eléctrico) no me acaba de parecer un adelanto de la civilización sino más bien lo contrario y eso que soy de las que se pasó la adolescencia en bicicleta… pero no por la Castellana sino campo a través.

Dicen las películas y el imaginario popular que Los Ángeles y Nueva York son las ciudades del gran sueño americano, lo cierto es que las grandes urbes, por más que se diga de ellas lo que se diga, son terreno abonado de posibilidades, lugares transitados y vitales en los que la vida se mueve y las oportunidades no sólo se crean y se destruyen sino que también sea aprovechan; hay que pelearlas, qué duda cabe, pero es que el sueño americano era eso, un intentar hacerlo realidad con más ganas que éxito, (que éxito entendido como el debido cumplimiento del sueño, porque el éxito real, el que te satisface por dentro se vea como se vea por fuera, es el de trabajar cada día por cumplirlo).

Llegué a Madrid hace más de 20 años y aquí sigo… y aquí seguiré mientras Madrid siga siendo Madrid y, si en algún momento, por los avatares de la vida, los votos y los políticos cegados de poder deja de serlo… me iré a buscar un nuevo Madrid porque la Tierra Prometida no es aquí o allí, es donde puedes ser quien siempre debiste haber sido.

Desde Madrid, con amor… Feliz Navidad.

Deja un comentario