La librera bilingüe.

En un país muy lejano y casi ajeno, hace mucho, mucho tiempo… había una librería vieja que vendía revistas nuevas, libros de escuela y de bolsillo, lápices de colores, libretas a estrenar, papel cebolla, reglas, clips, escuadras, grapadoras, cartabones… y rotuladores flúor.

Cada sábado sobre las 11, a media mañana a más tardar, la mujer que regentaba la librería se marchaba y dejaba tras el mostrador a una adolescente enfurruñada que prefería meter su nariz en los libros antes que venderlos y que, a modo de protesta, se guardaba las sonrisas para cuando terminara su turno librero.

Pero, aunque poco generosa en sonrisas, la adolescente enfurruñada no escatimaba en cortesía: buenos días a quien llegaba, pase buen día a quien se marchaba y siempre, siempre el oído atento a quien la miraba desde el otro lado del mostrador porque había una regla no escrita en aquella librería vieja que solía respetarse: habla siempre en el idioma que te hablen, tú hablas gallego y castellano pero no sabes si quien entra por la puerta también habla ambas lenguas o sólo una así que háblale siempre en el idioma que te hable…

Con el tiempo la adolescente aprendió que aquella regla no era tan importante en aquel lugar como fuera de él, en aquel país lejano y casi ajeno todo el mundo comprendía las dos lenguas aunque hablaba aquella en la que se sentía más cómodo, las conversaciones fluían con el mismo ritmo en gallego que en castellano y que en ambas lenguas a la vez, entendió entonces cómo había sido posible que una lengua no escrita durante siglos sobreviviese a su propia muerte impresa: las lenguas viven no porque las hablen muchos o pocos, porque las subvencionen unos, las hagan lenguas oficiales los de más allá o las acallen otros, las lenguas viven mientras son útiles y mientras son útiles viven.

Y es que las lenguas no son cultura, con las lenguas se hace cultura que no es lo mismo ni es igual, las lenguas son herramientas que sirven al ser humano, si el ser humano ha de servirlas, creedme, esas lenguas sellan su destino y morirán víctimas de los afanes identitarios de quienes han tratado de llevarlas más allá de su utilidad.

El respeto es santo y seña de civilización, su ausencia signo de decadencia y el desprecio hacia una lengua cuya utilidad se cifra en cientos de millones de hablantes es el mayor símbolo y la mayor muestra de la mala educación que impera en España.

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