Lo impensable.

Jamás pensé, después de la indignación que vi y sentí tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, que Bildu sería socio de gobierno de nadie, ni que nadie se atrevería a facilitar la vida a los terroristas que no colaboraran con la justicia. Pero lo estoy viendo, está ocurriendo.

Nunca pensé, aun después de ver a tantos negar la conveniencia de la pena de prisión permanente revisable, que nadie se atreviera a reducir las penas por violación y agresión sexual; menos aún que lo haría el feminismo militante. Pero lo estoy viendo, está ocurriendo.

No pensé, después de ver el terrorismo callejero en Barcelona alentado por el independentismo y una manifestación histórica que sacó a un millón de personas a la calle a pedir prisión para Puigdemont, que nadie se fuera a atrever a indultar a los sediciosos ni mucho menos a anular el delito de sedición para que cuando, como prometen, lo vuelvan a hacer, les salga gratis. Pero lo estoy viendo, está ocurriendo.

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Pensé, aunque me negué a creerlo, que vería a una región entera, la catalana, pasarse por el arco del triunfo una resolución de los tribunales que concede a los padres el derecho a que sus hijos estudien un 25% de tu tiempo en catalán, ni que se perseguiría a los niños en el patio del colegio por no hablar catalán sin que le cueste ni medio disgusto a nadie, salvo a los perseguidos. Pero lo estoy viendo, está ocurriendo.

Pensé que un discurso tan rastrero como el que propone mantener memoria perenne de la dictadura que terminó en los años 70 del siglo pasado y un solmene olvido de los asesinatos terroristas que se estuvieron cometiendo hasta el 30 de julio de 2009, haría aguas, no tendría éxito más que entre los terroristas, independentistas y en la izquierda más sectaria. Pero lo estoy viendo, está ocurriendo, es el discurso hegemónico.

Y todo esto no está ocurriendo por casualidad, está ocurriendo porque Sánchez elegió gobernar con quienes defienden lo impensable y, transcurrida la campaña electoral en la que aseguró lo contrario, dedicarse también él a defender e implementar lo impensable.

Pero lo peor, siendo de una gravedad superlativa, no es eso; lo peor es la profunda melancolía aliñada con toques de desesperación que despierta la oposición en quienes nos oponemos a lo impensable…

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