Hombres, niños, mujeres, viejos, jóvenes; andaluces, catalanes, madrileños, gallegos, vascos, canarios; rubios, morenos, castaños, pelirrojos; inteligentes, currantes, ocurrentes, estudiosos, vagos, lentos, inquietos, líderes, gregarios; viajeros, valientes, elocuentes, tímidos, resolutivos, discretos, incapaces, solventes, hogareños; altos, gordos, bajos, guapos, elegantes, descuidados, feos.
maneras. Convertimos la igualdad en tiranía. La tiranía de las masas mediocres que ahogan el talento.
Y llegamos al punto en el que la implicación es igual a la desidia porque según el etiquetado en uso eres staff o mando intermedio, lo de ser currante y resolutivo o vago y jeta es intrascendente.
El daño que esta bandera de igualdad en la que algunos se envuelven con el convencimiento y la certeza de que ese es el camino, es que arrasa con todo lo que no es igual… y es precisamente ahí, en la diferencia, donde nace y crece el talento. Porque del mismo modo que no hay dos personas iguales no hay tampoco dos talentos iguales.
Además, salvo en el caso de los genios, el talento no es un don ni cosa mágica, es una habilidad, una tendencia, una querencia, una facilidad… a veces una pasión y siempre una semilla que, si no se riega y se le da luz, si no se cuida y se trabaja, si no se lo alimenta… muere.
Indudablemente trabajar el talento requiere y supone esfuerzo y… ¿para qué esforzarse si al final somos todos iguales? A esa pregunta llegan los niños cuando el estudio empieza a suponer renunciar a ratos de juego y exprimirse la cabeza… Y así se quitan las ganas y la ilusión, se apagan los sueños y la amarga mediocridad se impone, salvo, quizá, cuando el talento es además pasión y puede más en ti que todo el viento que sopla de frente. Y qué fácil sería con el viento a favor ¿verdad? Pero no… no soplan buenos tiempos.
Que no, señores, que no… que no somos iguales ni somos competencia, que la vida es única y por el mundo sólo se pasa una vez: quien quiera perder su pase peleando por un galón adelante, eso sí, que nos dejenvivir también a quienes pensamos de otro modo o que tengan al menos el valor de llamarse tiranos cuando se imponen; quien quiera empeñar su tiempo en pasar sin pisar el suelo ni mover un dedo, adelante también, pero que se guarden la desvergüenza de llamarse iguales a quienes pisan suelo y mueven dedos, manos y corazón; y quienes quieran pasar con el corazón en una mano y el alma en la otra, echando ganas, ilusión y esfuerzo a los sueños, que pasen; que pasen y se unan al club de ‘los contra el viento’… sabiendo que caerán al suelo mil veces, a veces se romperán algo, otras será sólo un moratón, doloroso siempre en todo caso… pero que se levantarán de nuevo y seguirán y nadie podrá decir nunca de ellos que no vivieron.
Y, además… si el club de ‘los contra el viento’ crece… lo mismo éste deja de soplar tan contrario porque, llamadme mal pensada, pero me da que hay quien ha puesto ventiladores para darle más vida de la que en realidad tiene.
