Viene de Negra Sombra: Bruja. Y continua aquí:
Antía estaba en la playa, con aquel extraño gorro de encaje tejido por su bisabuela, ya casi ciega, sorda y muda … pero la pequeña se empeñaba en llevarlo porque era su bisa María quien lo había tejido manejando aquellos bolillos que a ella le parecía bailaban en el aire entre las ajadas y enjutas manos de la anciana.
Tan solo tenía ocho años, pero mostraba ya una personalidad desbordante y única; a su madre la desesperaba y a su abuela, si cabe más; en algunas ocasiones la veía rezar entre dientes y podía leer en sus labios las palabras que éstos no dejaban escapar … “eres igual que mi madre, igualita … llevas a la bruja dentro”. Jamás lo decía y jamás reconocería pensarlo, pero ella lo había leído en sus labios y en sus ojos … no le gustaban, la miraban con recelo, le hablaban desde lejos … le gustaban más los ojos ciegos y labios mudos de su bisa María … ellos la acogían, le sonreían, la abrazaban, la querían y la entendían.

Algo le hizo levantar los ojos de su castillo a medio derruir y a lo lejos, fuera del arenal y apoyada en su bastón vio a su bisa … se levantó y, con la misma resolución que lo hacía todo, anunció a su madre que se marchaba de la playa … El choque fue frontal, como siempre y como todos, fue su padre quien intercedió, también como siempre, y al final, como siempre, la pequeña se salió con la suya, tenía permiso para salir del arenal siempre y cuando estuviese cerca de su bisa y a la vista de sus padres.
A María se le nubló la poca vista que le quedaba cuando sintió a la pequeña a su lado … – ¿por qué has venido? – preguntó con el hilo de voz que todavía conservaba … – porque tú querías que viniera – fue su escueta, sencilla y clara respuesta.
María acarició la cabeza de la pequeña quitándole aquel extraño gorro que le horrorizaba tanto como a los demás … tan solo le permitía usarlo porque de los pocos placeres que todavía podía disfrutar, uno era, sin duda, ver el espanto en los ojos de su hija … y sentir, a través de ese espanto, la certeza de que no llegaría a su fin llevándose consigo un secreto tan pesado como el que atesoraba desde bien pequeña … como el que sus antepasadas habían guardado antes … aunque no todas, algunas, como su hija, jamás podrían ser sus portadoras … pero Antía sí, aún cuando le equivocaran el nombre por uno más de los tristes empeños de su hija …
Varias tardes de aquel verano se pudo ver a María con su biznieta en los alrededores de Praia Rodeira … nadie acertaba a entender qué gracia le hacía a una niña, y más a una niña tan suelta y resuelta, pasar la tarde entera con una persona tan mayor y tan suya como había sido siempre María … pero tampoco parecía importarle demasiado a nadie, algo quizá a su abuela … pero jamás lo reconocería porque hacerlo sería abrir las puertas y ventanas de sus pensamientos a quienes ya pensaban, e incluso decían, que había un algo de brujería en su familia. Defendía y defendería siempre la inocencia de su antepasada María Soliña, aún cuando en su fuero interno deseaba ardiese eternamente en los infiernos por el daño infligido por su causa, no a Cangas, que eso le importaba bien poco por lo antiguo de los hechos, sino a su apellido, nombre y linaje … Veía en su madre un algo de lo que se decía tenía su antepasada, fuese eso lo que fuese … y con el pasar de los años, aún cuando sólo habían pasado ocho, ya sabía que ese algo seguía vivo en su nieta. Y buscaba ese algo de forma insistente … no por intentar comprender … sino con ánimo de destruir … como el día que la bisa María desapareció …
Allí estaba su abuela, en primera fila, devorándola con la mirada como sin querer perderse ni un sólo suspiro de su rostro … y así era … porque lo que iban a decirle era que su bisa había desaparecido. Antía permaneció en silencio, mantuvo su expresión tranquila e inmutable, permaneció impasible y sostuvo, sin pestañear, la mirada de su abuela … una mirada cargada de rabia, casi de odio … la mirada del que sabe y no entiende. La rabia de sentir que la anciana había ganado, que se había hecho su santa voluntad fuese cual fuese … Su abuela nunca había entendido, tampoco su madre … pero su querida bisabuela, a la que recordaría y echaría en falta el resto de su vida, le había hecho comprender que hay un tipo de inteligencia que no todo el mundo posee … pero ella si … es un don y como tal debía administrarlo … aunque tardó un tiempo en entender lo que realmente significaba ese don …
Los días siguientes oyó todo tipo de historias sobre su bisabuela … sobre sus paseos por las calles de Cangas apoyada en su bastón rezando con el hilo de voz que mantuvo hasta el final … quienes se acercaban a ella la escuchaban y salían espantados … “malos tempos han vir … eu xa non einos ver … pero han vir … han … ”. Muchos tomaban sus palabras como el divagar de una vieja medio loca, otros recordaban la historia de las brujas de Cangas … Y, cuando por lo incontrolable que se había vuelto y el riesgo de que alguno de sus paseos acabara mal, se hablaba de internarla en una residencia … sencillamente desapareció …
La buscaron, hubo batidas por tierra, mar y aire … y nada ni nadie fue hallado … Antía callaba, con la misma expresión que había callado siempre, sin espantarse nunca de nada ni de nadie … pero su cabeza comenzó a girar de forma distinta aquel día … porque ella era distinta … ella no era como su bisabuela aún cuando compartían don, ella no creía sin ver ni entender, para su mente analítica todo debía tener un cómo y un por qué, no conocerlo no sellaba su inexistencia sino la propia ignorancia …
Y un fin de semana más … esta historia no termina aquí … continuará.
Mundo Imaginario: Negra Sombra
Relato breve en 6 capítulos, ya publicados:
El principio del fin (1980)