Un lugar en el mundo: La Fontana de Trevi

Hay lugares y lugares … y lugares que, por cómo llegas, por cuándo llegas, quedan para siempre en tus recuerdos envueltos en un halo de magia al que a veces vuelves para empaparte de nuevo de su aroma …
Llegamos a Roma y nos echamos a la calle … porque con esa idea iba, caminar, vivir, sentir Roma … Hay muchos lugares, muchas imágenes de Roma que no olvidaré jamás, que cuando vuelva a verlas, porque volveré, no serás las mismas … ellas seguirán impertérritas como llevan ya tantos siglos, pero mis ojos no las mirarán igual … el coliseo por la noche, grandioso permitiendo que la oscuridad oculte sus aspectos más derruidos y mostrando, con una iluminación inteligente, su mejor lado, su mejor cara … El Moisés de Miguel Ángel al que miras y no puedes evitar imaginar a su autor agrediendo su rodilla para hacerle hablar … y cuando miras el rostro de esa escultura no te extraña, tú mismo esperas que se levante y te salude… La Piedad también del gran Miguel Ángel, que se ve tan pequeña en la inmensidad de la Basílica de San Pedro, pero que cuando te acercas y la miras parece que fuera a levantar la mirada del rostro de su hijo para pedirte a ti explicaciones … La Capilla Sixtina, el Foro, el Partenón, la Plaza de España o la de Venecia … Y están también los pequeños momentos, esos en los que te limitas a caminar mirando a la gente, a sus motos, a sus prisas … pareciera que de cualquier esquina podría salir Audrey paseando Roma como la paseas tú … porque Roma tiene ese encanto, conserva la esencia de su historia no sólo en lo artístico, también en el aire, en su aroma. Podría seguir horas y horas contándoos momentos y lugares romanos … pero me quedaré en el primero … porque no fue casualidad que fuera el primero, porque la Fontana de Trevi siempre me había atraído, de siempre, al verla, había pensado «algún día estaré ahí» … Y por eso nada más soltar las maletas en el hotel mis pies me llevaron hacia ella, siguiendo las indicaciones del inseparable mapa, en papel, de cada viaje…
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Caminas por calles estrechas, de ciudad vieja, de casco histórico, de encanto y magia … en las últimas luces de un luminoso atardecer de invierno … y respiras mucho más que historia, respiras esencia de la historia y la cultura, viajas a tu propia raíz … y al rato te das cuenta de que algo va cambiando … no sólo es la luz, ni son los aromas … es el sonido; poco a poco, según tus pasos te acercan a la Fontana, comienzas a oír el inconfundible sonido de la caída del agua … las emociones, además de desperezarse se inquietan, se alteran … y su inquietud va en aumento como el volumen del sonido del agua al acercarte a la Fontana … pero no ves nada, ya ha caído la noche … y entonces ves una luminosidad mayor al final de una calle cuyo nombre no recuerdo … pero sólo ves luz, una sombra de luz … nada más. Aceleras el paso, te acercas queriendo ver y mirar pero no ves nada, no hay nada que mirar, sólo oyes el sonido de la caída del agua … y entonces das un paso más, sólo uno … y la Fontana de Trevi se materializa ante ti …

Y en ese momento te das cuenta de que no hay foto, lámina, vídeo, análisis ni profesor de arte que valgan … no vale nada … el arte hay que vivirlo, dejar que te envuelva con su magia … Allí, frente a la Fontana, te fijas en cómo nace de la piedra, de cómo parece querer escapar del edificio que la acompaña, te das cuenta de cuan pequeña es la plaza que la acoge y de cuan grande e inmensa es ella …

Y llega el momento de ir a cenar … y allí seguía … sentada frente a la Fontana escuchando la caída del agua, observando cada piedra y congratulándome de las expresiones de asombro y admiración que se dibujaban en los rostros de las gentes que se acercaban a echar su moneda al agua … Sí, también yo eché la mía, no se muy bien por qué, ni para qué … me pareció que la Fontana, en su hablar a través de la caída del agua, me la pedía …

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